Tribulaciones de la Clase Ociosa

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Una Breve Historia de Estados Unidos, un Vistazo al Posible Futuro de Europa - Tribulaciones de la Clase Ociosa

Una Breve Historia de Estados Unidos, un Vistazo al Posible Futuro de Europa

January 22nd, 2014

Es 1775, y el descontento se puede sentir en las trece colonias que el Imperio Británico tiene en norteamérica. Quieren representación en el Parlamento Británico, o sino se niegan a pagar los impuestos: el lema es “no taxes without representation”. Los británicos intentan comprar a los colonos por medio de té muy barato pero con impuestos, y nos encontramos de pronto con el Motín del Té que da comienzo a la Guerra de Independencia.

Por aquel entonces, sin embargo, la mayor parte de los ciudadanos norteamericanos se sentían británicos. Querían ser parte del sistema británico en igualdad de condiciones con los ingleses, escoceses, irlandeses y galeses, no querían ser independientes. La independencia es, por tanto, consecuencia indeseada de lo mal que los británicos manejaron el conflicto político.

Pero avancemos un poco en el tiempo, la Guerra de Independencia ha terminado y, mientras se asienta el polvo, los ciudadanos de las trece colonias mandan a sus representantes a construir la primera Constitución democrática de la historia. Nombres como Washington, Jefferson, Madison, Franklin, Hamilton, etc. pasarían a la historia, entre muchas cosas, por su participación en ese proceso. Sin embargo, hay una cosa que a menudo no se sabe, echemos un vistazo al comienzo de la Constitución americana:

 “We the people of the United States of America…”

 Palabras poderosas, ciertamente. Y, sin embargo, fruto de la casualidad. Originalmente, el texto debía decir:

 “We the people of New Hampshire, Massachussets, Connecticut, Rhode Island…”

 Y así los nombres de las Trece Colonias. Pero, como no se sabía cuales las firmarían al final, se optó por ir al genérico. Es una diferencia importante, porque por aquel entonces la población norteamericana no se sentía americana para nada, se sentían ciudadanos de su Estado. Así, sentían que lo que pasase en los otros Estados era algo lejano, y en gran medida lo era, teniendo en cuenta que el viaje llevaba tiempo, y las comunicaciones a esa distancia eran caras y escasas. Es por ello que el modelo político americano coloca en el centro de su sistema a los Estados, tanto en el Congreso como en el Senado, e incluso en las elecciones a la Presidencia.

Pero pongamos un poco de fastforward y avancemos hasta 1850, tan sólo unos pocos años antes de que comience la Guerra Civil o de Secesión. La vida para entonces ya había cambiado mucho en los Estados Unidos, y la gente empezaba a ver que lo que hacía la gente de los otros Estados les afectaba de un modo u otro, y que el Presidente gobernaba para todos. Era algo nuevo, difícil, y complicado de entender. Pero, ¿por qué paramos en 1850 en vez de ir hasta la Guerra en si? Porque ese es el año en que Daniel Webster dijo en el Senado unas palabras que revolucionarían la historia política americana:

“Señor Presidente, hoy deseo hablar no como ciudadano de Massachusetts, ni como ciudadano del Norte, sino como estadounidense.”

Por primera vez era la ciudadanía americana la que se invocaba, por encima del Estado al que se pertenecía. La conciencia de la sociedad había cambiado en estos años, y la gente entendía finalmente que lo que ocurría en otros lados les afectaba a ellos. Lo entendían tanto que, eventualmente, los dos modos de vida que imperaban en Estados Unidos (el del Norte o yankee, y el del Sur) llevarían a que el país se rompiese en una sangrienta guerra civil por ver cual de los dos se convertía en el american way of life, cual de los dos daría pie al Sueño Americano. Porque, finalmente, habían comprendido que no había trece sueños, no era cada uno de su propia colonia, sino que en realidad todos iban juntos en el mismo barco, que pesaba más lo que les unía que lo que les diferenciaba.

Pero saltemos el charco, porque al fin y al cabo esto iba de Europa. Por aquel entonces, Europa era un continente de Estados independientes, atados entre si por las normas pactadas durante la Paz de Westphalia y bajo la hegemonía del todopoderoso Imperio Británico de la Reina Victoria, el momento más alto en la historia del poder de Albión. Frente a ella estaba la firmeza de Prusia, el gran imperio de los Habsburgo, las vastas estepas del Zar ruso, los fragmentos en declive del imperio español, las provincias divididas de la Italia dominada por los Estados Vaticanos, y la débil democracia francesa post-napoleónica. Un mundo de Estados divididos, con distintos estilos de vida, formas de entender el mundo, religiones e incluso modelos políticos que iban desde el absolutismo ruso a la frágil democracia francesa.

En cierta medida, es una imagen similar a la de las trece colonias americanas previas de la independencia: existen, pero se consideran más diferentes entre si que semejantes, algo agravado por la distancia política, física e histórica de los grandes Estados europeos, con siglos de tradición, idioma y nacionalismos a sus espaldas.

Pero, como en el caso americano, el modelo europeo iba a hundirse. En un mundo crecientemente globalizado por la aparición de barcos a vapor, medios de prensa escrita y telégrafos, lo que unos decidiesen en un lugar afectaba a mucha más gente. Los ciudadanos prusianos ya no podían permanecer ajenos a lo que hiciesen los franceses o los británicos, y la delicada paz y equilibrio entre Estados (ya roto en el pasado aunque siempre repuesto) se comenzaba a acercar al abismo. Igual que los americanos lo solucionaron en una Guerra Civil, nosotros los solucionamos en otra. Bueno, en dos, para ser exactos, las dos guerras que asolaron Europa y medio mundo e hicieron chocar las distintas visiones de lo que era válido: primero se enfrentaron las distintas visiones nacionales-imperiales, y después lo exacerbaron llevando al conflicto al totalitarismo, el comunismo y la democracia sobre los cielos de Francia, en las Ardenas, en las islas de Asia, en los lagos helados de San Petersburgo/Leningrado y en las calles de Berlín.

Hicieron falta entre 70 y 104 millones de muertos para que Europa entendiese que lo que la unía era más de lo que la diferenciaba. Es bajo la sombra del terror a los nacionalismos que habían llevado al continente a la destrucción política, demográfica y económica que se forjaron la Comunidad Económica del Carbón y del Acero primero, y después la Atómica y la Económica. Y así, paso a paso, surgió la Unión sobre las sombras del terror de lo que los humanos éramos capaces de hacernos unos a otros.

Al igual que en el caso americano, fue el miedo el que pudo forjar la unión. Los americanos temían el regreso del todopoderoso imperio británico, los europeos nos temíamos a nosotros mismos y lo que nuestras divisiones nacionalistas podían hacer. Y así, del miedo de la gente, surgieron dos nuevas formas de ver el mundo y de entenderlo.

A los americanos les llevó unos 75 años pasar del miedo al imperio británico a entender que eran una única nación y dividirse en una sangrienta guerra civil sobre el modelo que debía imperar. Nosotros empezamos por la guerra civil, aún más sangrienta y más global, y llevamos unos 70 años avanzando. Y, si miramos a nuestro alrededor, encontraremos señales de que el proceso que se está siguiendo es el mismo: los ministros franceses protestan contra la ley de aborto del PP, Monti habla del peligro que supone el euroscepticismo en las elecciones europeas, los británicos se debaten entre quedarse y marcharse, la Comisión sanciona la destrucción de libertades en el este de Europa, etc. Cada vez más, injerimos unos en los gobiernos de los demás porque cada vez más somos conscientes de que estamos todos en el mismo barco.

Cuando Monnet, Schuman y Adenauer pusieron los primeros ladrillos de la primera Comunidad, era esto lo que tenían en mente. El “método Monnet” siempre trató de ir poniendo cosas en común, porque cuantas más cosas tuviéramos en común más nos sentiríamos “uno” y más estaríamos dispuestos a poner en común. Su visión aún guía mucho de lo que hace la Unión hoy en día, por mucho que los Estados estén ahora tratando de recuperar competencias.

Hizo falta una guerra de secesión para que surgiesen unos Estados Unidos, como nosotros tuvimos dos Guerras Mundiales. Hizo falta la inminencia de una Guerra Civil para que un gobernante americano se identificase públicamente como americano, y no como miembro de su Estado. Esperemos que nosotros no tengamos que pasar por otra guerra literal, pero si que vamos a pasar por una guerra simbólica: la lucha de quienes somos y quienes queremos ser. Los Estados ya se han dado cuenta, y cada vez miran con más temor a una Unión que podría dejarles sin sentido, sin que sus pozos de poder nacional valgan para nada. Renacionalizan donde pueden, detienen a las instituciones cuando se les da ocasión, paran la Unión si se ven capaces. Eso lo vemos desde hace años, con una Merkel que se coloca a si misma por encima de las instituciones europeas.

Pero fue a través de una Guerra Civil que la unión americana se fraguó, cuando las ideas y la sangre de todos se vertió en los mismos campos. Una crisis económica, política y de legitimidad puede tener tanto impacto como una guerra en la mente y las instituciones. Y a mi me gusta creer que no falta mucho para que alguien se alce en el Parlamento o en la Comisión y hable no como miembro de su país, sino como ciudadano europeo.

Costán Sequeiros Bruna

PD: este post fue originalmente publicado en ssociologos.com en el marco de la cooperación que hago como columnista del mismo.

Y tú, ¿qué opinas de esta historia?

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