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Reflexiones personales

El Estado de Bienestar lo pagan las clases bajas y medias

Fotografía de Otto von Bismarck.
Bismarck es el padre del Estado de Bienestar moderno.

Viajemos en nuestra máquina del tiempo un algo más de un siglo hacia atrás, con el surgimiento del Estado del Bienestar en Alemania durante el gobierno de Bismarck. Hubo precedentes, sin duda, en otros tiempos y países, pero se considera las políticas de Bismarck como el comienzo del Estado de Bienestar moderno. La idea era que, mediante impuestos, el Estado proveyese de una serie de condiciones de vida mínimas a todos los habitantes, garantizando a cambio con ello una cierta paz social.

Si pasamos las décadas debajo nuestra con rapidez veremos que el Estado del Bienestar se extendió con rapidez, especialmente por Europa, pero también Estados Unidos y otros sitios juguetearon con él en forma de Keynesianismo y otras políticas económicas donde el Estado interviene en economía activamente. Los Estados fueron creciendo con este aumento de impuestos pero también de servicios, creándose sistemas nacionales de sanidad, educación, seguridad, etc. y requiriendo mayores gastos del Estado que se traducían en nuevos modos de recaudación. Pero cada triunfo en estas décadas forzaba una mayor redistribución de la riqueza garantizando una mejor vida para las clases bajas y medias, menor desigualdad y mayores oportunidades… para los que menos tenían, no para los que más.

De modo que en esta historia hubo varios momentos, por ejemplo la década de 1920 que terminaría en el crash del 29, en que las políticas expansionistas del gasto público y el Estado del Bienestar fueron atacadas y debilitadas. Pero el verdadero asalto fuerte es el que lanzó el neoliberalismo a partir de la década de los 70, con el ascenso de Reagan, Thatcher y el establecimiento de la corriente neoliberal como la dominante en economía. Retomando y malinterpretando la doctrina liberal clásica de Adam Smith (Mazzucatto hace un excelente recorrido al respecto) definieron que el mercado se autorregulaba y que toda intervención estatal desequilibraba eso y suponía un error. Y, desde entonces, hemos visto un continuo ataque al Estado de Bienestar, con descenso de las tasas impositivas, privatización de empresas públicas, límites al gasto del Estado, reducción de los servicios públicos…

Imagen de un rico comiendo un montón de campesinos.
El neoliberalismo ha llevado a que las clases pudientes devoren a las clases menos adineradas, desmantelando el Estado del Bienestar.

Y así es como llegamos al presente. Cinco décadas después del triunfo del neoliberalismo, con tres crisis económicas globales y un montón de ellas locales, el mundo actualmente está dominado por un neoliberalismo atrincherado detrás de los partidos de derechas. Cuando Ayuso dice “libertad o comunismo” lo que en realidad está diciendo es “neoliberalismo depredador o Estado del Bienestar” y cuando reduce el presupuesto de sanidad pública en mitad de una pandemia está claro cual de los dos lados de la ecuación prefiere.

En la base del Estado de Bienestar desde tiempos de Bismarck está la noción de que los ricos deberían pagar más impuestos que los pobres, de ahí que los tramos fueran progresivos. Cuanto más tienes, más debes contribuir al bien del conjunto porque prescindir de cierta cantidad de dinero no va a bajar la calidad de tu vida. Al fin y al cabo, no creo que seas mucho más feliz por tener tres yates que si tienes dos y, en cambio, mucha gente estará más feliz si tiene una educación, sanidad, empleo digno, etc. A cambio, la felicidad de las clases más desfavorecidas aleja la tentación de la revolución de las mismas, porque tienen mucho que perder (por eso el sistema de Matrix: Resurrections es mucho más eficaz que el de las anteriores películas) con lo que los que más tienen no deben temer perder todos sus privilegios y poder. Es un pacto sencillo por el que todos obtienen parte de lo que quieren.

Pero, como todo pacto antiguo, el cambio social lo fue desequilibrando. Los poderosos descubrieron que podían explotar más a la gente si conseguían debilitar y demonizar sus herramientas de lucha social. No es sorprendente así el ataque frontal que vivieron los sindicatos obreros hasta cooptar a la mayoría de ellos y convertirlos en perritos falderos de los comités de empresa cuando en realidad deberían ser sus enemigos. Y se dedican enormes esfuerzos a evitar que se constituyan nuevos sindicatos, como ilustra este video de John Oliver al respecto (en inglés, me temo) lo cual hace todavía un mayor éxito que recientemente se haya constituido uno para Amazon, una de las más explotadoras de las grandes compañías.

John Oliver explica con humor el ataque frontal contra los sindicatos en Estados Unidos.

El papel central para el nuevo dominio de la clase alta ha pasado de ser el bienestar, para ser el control ideológico. Juegan con nuestros sentimientos para enfrentarnos unos contra otros (la imagen del inmigrante que viene a quitarnos el trabajo y que vive de las ayudas de los servicios sociales que todos pagamos, por ejemplo) para que no veamos que las grandes fortunas tienen dinero suficiente para acabar con problemas mundiales como el hambre. Se juegan con las ideologías políticas, asociando políticas sociales con comunismo y este con el mal, la pobreza, lo indeseable. Y, bajo esa bandera, se recorta en sanidad, como ha hecho Ayuso en mitad de la pandemia y está haciendo de nuevo ahora. Y se acude a la idea de que cualquiera que se esfuerce puede ser rico como forma de justificar el dinero que se destina a los espacios privados (colegios concertados, por ejemplo) en detrimento de sus homólogos públicos.

En el centro de este proceso ideológico se encuentran los grupos de presión, desde los lobbies más obvios (como la patronal de empresarios) a los más sutiles (como grupos de presión en torno a distintas ideas, como las asociaciones de jueces y abogados) presionan a los distintos gobiernos del mundo para que hagan una cosa: reducir el Estado del Bienestar. Y, para poder corromper a la política, lo hacen con muchísimos recursos que las grandes empresas y fortunas dedican a conseguir lo que quieren. Cuando no lo consiguen, sacuden furiosas la varita mágica de la “deslocalización de la empresa”, la de “la falta de competitividad” o la imposición de “los mercados”. Con todo ello pretenden disimular el hecho de que están dispuestas a debilitar la economía de todo el país y todos sus habitantes con tal de aumentar marginalmente sus líneas de beneficios.

Si sumamos a eso la precarización de los empleos, la reducción de los impuestos a los ingresos de las grandes fortunas y los impuestos de sucesiones (uno de los grandes redistribuidores), tenemos un Estado del Bienestar que se va quedando sin recursos para hacer lo que tiene que hacer. Lo cual lleva a menos personal contratado en los hospitales, por ejemplo, que lleva a que se formen colas y ciertos sectores aprovechen para denunciar esto como la “ineficiencia de los servicios públicos”. Los servicios públicos, como ya hablamos en el pasado, no son más ineficientes que los privados por ninguna razón, simplemente tienen menos recursos de los que necesitan para abordar la escala de su tarea.

Ciudadanos sosteniendo la economía mientras el gobierno duerme y la banca les roba el dinero del bolsillo.
El Estado del Bienestar y la economía se sostiene sobre los hombros de las clases medias y bajas.

¿Y quien paga entonces por los hospitales públicos? Pues tú y yo, y nuestros amigos y vecinos. Las clases medias y las clases bajas. Ocasionalmente saldrá algun millonario como Amancio Ortega dando una donación muy mediática a la sanidad pública para lavar su imagen, pero la realidad es que esa gente son los primeros en evadir impuestos, tener sus fortunas en paraísos fiscales y tener un ejército de contables para volverse “creativos” con sus números. Los que no tenemos nada de eso somos los que no podemos permitírnoslo. De modo que los que pagamos la sanidad pública, la educación, el ejército, la infrastructura, la investigación, etc. somos los ciudadanos de a pie. Y, en muchas ocasiones, los que se benefician (no solo por mordidas y otras corrupciones, que también) son los que están más arriba, que usan esa infrastructura para entregar sus bienes a tiempo, para tener buenas conexiones de internet que permitan gestionar sus empresas de modo eficaz, etc.

Pero no es solo una cuestión de economía. La clase media y baja carga con el peso del mundo entero, en sentido literal. Por ejemplo, en la lucha contra el cambio climático se enfatiza la necesidad de que todos reciclemos en nuestras casas los productos que usamos y consumimos. Esos productos son llevados a una central privada que le cobra al ayuntamiento por el servicio, y que luego vende lo que produce (papel reciclado, por ejemplo) de nuevo en el mercado, obteniendo beneficios enormes. En algo que, además, ni siquiera es demasiado importante. La contaminación que se lleva a cabo en todos los hogares de España no compite ni siquiera en la misma liga que la que realizan las empresas del país, no hablemos ya de la industria de países como China. ¿Y de quien nos quieren hacer creer que es culpa que el planeta se esté contaminando? De las clases medias y bajas que no reciclan lo suficiente.

Otro ejemplo igual de sangrante. Vivimos en un entorno donde el mercado laboral está sumamente desregularizado y los sueldos han caído en picado junto con la capacidad adquisitiva de las familias que ya no pueden pagar una casa. Y, cuando se reforma el mercado laboral para garantizar un mínimo decente (o más decente) para los trabajadores, rápidamente los empresarios salen a denunciar que la reforma les va a arruinar el negocio. Si su negocio se arruina porque no puede tener a la gente trabajando 15 horas por un sueldo mísero que no da ni para pagar el alquiler, es que es un negocio que no debería existir. Porque las reformas laborales que tenemos recientemente lejos están de ser una maravilla que garantice que todo el mundo trabaja 4 horas al año y cobra un millón de euros al mes, más bien están en una línea tendiente a unos mínimos muy mínimos de decencia y estabilidad laboral, bastante inferiores a lo que sería necesario.

El resultado de todo ello es que las políticas de identidad crecen como medio de control. No te preocupes de que no tengas para pagar el alquiler porque todo el parque inmobiliario está en manos de bancos y grandes empresas que no ponen un alquiler razonable, preocúpate de que los inmigrantes que cruzan el Estrecho vienen a quitarte el trabajo. No te preocupes de la subida de la luz debido a la avaricia de las grandes compañías quieren aumentar sus beneficios con un sistema que es literalmente una estafa, preocúpate de que no hay suficiente representación de tal o cual minoría en una serie de televisión; que no digo que no sea un problema real, que lo es, sino que se usa de ese modo para alejarnos de otros problemas acaso más estructurales y profundos del modelo económico global en el que vivimos. No te preocupes de que le hayamos bajado los impuestos a los ricos y no de ya para pagar las huchas de las pensiones, preocupate porque no tienes contratado un fondo de pensiones privado que pueda compensar que hemos atracado la hucha de las pensiones. Y así con todo.

Balanza donde en un lado están los ciudadanos con sus demandas sociales y, mucho más pesadas, en el otro lado están bolsas de dinero de las cuales un millonario extrae una mísera cantidad de limosna que darles.
El Estado del Bienestar se ha sacrificado en pos de maximizar la explotación y los beneficios de las clases más pudientes.

Se ha construido una enorme cortina de humo para volver a las clases medias y bajas las unas contra las otras mientras se las esquilma y explota continuamente. La capacidad adquisitiva va en caída libre para la mayor parte de las familias mientras el número de millonarios crece. Y, aún por encima, lo que queda del Sistema de Bienestar se carga sobre los hombros ya sobrecargados de esas clases sociales explotadas, que se las hace creer que son responsables de todos los males del mundo, desde el ecologismo a las guerras extranjeras (que, después del conflicto de Ucrania, saliese una notificación en mi app bancaria para donar dinero al conflicto para que ellos puedan después decir que han reunido tanto dinero y lo han donado a la causa me parece un insulto ya directamente a la cara; si queréis donar a la causa, los bancos tenéis mucho más dinero y bien podéis hacerlo sin extraer aún más de las clases medias y bajas). Pero claro, como se nos ha convencido de que el Estado es ineficiente y es el gran enemigo de todo, pues todo es culpa nuestra… es lo que tiene elegir la “libertad” en vez del “comunismo”.

Y así, pistón a pistón, golpe a golpe, desmantelan una clase baja y media que es la base del tamaño de la economía, pues son los que más consumen. Cuando las empresas se queden sin gente a la que venderle nada y la gente se quede sin nada que perder, entonces llegará la revolución. Y los que están arriba, mientras arden en sus torres de marfil, se darán cuenta de que la paz social que estaba comprando el Estado de Bienestar era una cosa buena y que sus infinitos millones no les protegen cuando se ponen las guillotinas en la calle, como no protegieron a Luis XVI de la Revolución Francesa.

Costán Sequeiros Bruna

Y tú, ¿qué opinas sobre el desmembramiento del Estado de Bienestar y la carga de todo sobre las clases medias y bajas?

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