Tribulaciones de la Clase Ociosa

Un blog de sociología y ciencia política donde revisar el funcionamiento de la sociedad, las noticias de actualidad española e internacional, así como el análisis de las múltiples dimensiones de eso que llamamos sociedad

Racismo y poder en Estados Unidos

June 2nd, 2020
En plena pandemia del COVID, el racismo se ha convertido en una noticia aún más acuciante.

Parece increíble que tengamos que hablar de esto en este momento. Racismo, en el país más afectado por el coronavirus. Un país que ha tenido una de las peores respuestas y planificaciones al respecto, que acumula más muertos por la enfermedad que durante toda la Guerra de Vietnam, que tiene un presidente que prefiere no hacer nada o recomendar cosas absurdas a realmente planificar y tratar de solucionar un problema tremendo. Y, sin embargo, pese a todo ello, desde hace unos días, la noticia es el racismo.

El 25 de mayo de 2020, George Floyd fue asesinado en Minneapolis. El asesino, un policía blanco, mantuvo su rodilla sobre su cuello con la colaboración de otros compañeros, durante nueve minutos, aunque Floyd señalaba que no podía respirar y ya estaba totalmente reducido. El “crimen terrible” por el que Floyd perdió la vida es que, supuestamente, compró un paquete de cigarrillos con un billete de 20 $ falso. La policía, cuyo lema en Estados Unidos es “servir y proteger”, mató a un hombre negro que estaba cooperando y estaba inmovilizado, sin que hubiera ninguna razón para ello. Y las calles de Estados Unidos estallaron a medida que se extendieron las protestas y escalaban en fuerza y violencia, pese a la pandemia presente. Sus últimas palabras, tal y como salen reflejadas en el video de su asesinato, son “no puedo respirar”, que actualmente se han vuelto uno de los lemas de las protestas, junto con el slogan “las vidas negras importan”.

Pero, desgraciadamente, este no es un hecho aislado. Gente afroamericana asesinada sin motivo por la policía norteamericana es un hecho que se repite con los años. El caso de Eric Garner en 2014, por ejemplo, es sorprendentemente similar y uno esperaría que en este tiempo se hubiese solucionado y creado medidas para evitar que se repitiese. Pero no es el caso. Y la razón es que no es un hecho aislado o un problema particular: es un problema estructural, el racismo norteamericano está en la base de su sociedad.

En Las Cárceles de la Miseria, Loic Wacquant explica perfectamente cómo es que, aunque son un 12% de la población, los afroamericanos componen el 33% de la población en prisión (de hecho, cuando escribe el libro, los datos eran más extremos, se han ido ligeramente suavizando con los años y esos son datos de 2017). El sistema de justicia, la llamada doctrina de tolerancia cero iniciada en Nueva York, garantiza que los barrios negros son vigilados con más agentes, lo cual redunda en más detenciones, lo cual lleva a más vigilancia… un perfecto bucle. En 2001, las estadísticas mostraban que las probabilidades de que a lo largo de su vida un hombre de color fuese a prisión eran del 33%, mientras que las posibilidades de todos los americanos contados a la vez eran del 6%.

Esta es una muestra perfecta del racismo integral en la estructura social. Retirando a una parte importante de los hombres de una comunidad y encerrándolos en prisión pones una carga superior sobre las madres, que tienen que mantener a la familia, trabajar a menudo en múltiples trabajos, educar a los niños… Una carga excesiva que se compagina con el hecho de que no hay otros caminos disponibles.

La educación es la principal puerta a una mejora de las condiciones de vida y el acceso a un mejor trabajo, dentro de los márgenes legales de una sociedad. Los barrios negros tienen los peores colegios, con los menores medios y el personal más desmotivado. Lo cual redunda en mayores tasas de absentismo y fracaso de aquellos que pasan por sus aula. Ya lo dice la canción de Coolio Gangsta’s Paradise, hecha para la película Mentes Peligrosas que justo trata esta temática, que nadie está dispuesto a enseñarles y educarles, están sin suerte.

Coolio “Gangsters Paradise” es un ejemplo perfecto de la vida bajo el racismo

La destrucción de las expectativas razonables de una vida mejor es la forma más eficaz de generar una división social eficaz donde unos tienen y otros no. Los que tienen el poder, la minoría blanca, está encantada con esta diferencia, que se perpetúa desde tiempos de la esclavitud sobre la que se construyó su país. Y pese a los grandes momentos, como cuando Rosa Parks se sentó en el frente del autobús en 1955, o el “tengo un sueño” de Martin Luther King en 1963, la realidad es que los avances que se van dando son insuficientes para solucionar la brecha estructural.

En plenos disturbios por el asesinato de Floyd, otro evento muestra la otra cara de esta historia de racismo: Amy Cooper. En Central Park, un hombre de color le solicita que cumpla la normativa y le ponga a su perro la correa, el resultado es que ella llama al 911 solicitando policía porque un hombre de color la ha amenazado. Por la actuación de ella, está claro que sabe el poder que tiene decir eso a la policía y espera que él se sienta intimidado porque es obvio para ambos que cuando llegue la policía se va a poner del lado de ella. En pleno estallido de protestas por la violencia y abuso policial, la mujer decide que la mejor forma de conseguir lo que quiere es básicamente jugar con el miedo que la gente negra tiene a que la policía blanca se pase y acaben siendo víctimas de un nuevo ejemplo de brutalidad policial.

Amy Cooper usa el racismo y el miedo a la policía como modo de intentar conseguir lo que quiere

Esa es la otra cara del racismo: la de la comunidad que sabe que tiene el poder y las instituciones policiales de su lado y lo usa para garantizar que los otros permanecen callados, sumisos y en su sitio. Por suerte, a Amy no le funcionó, pero habrá habido multitud de casos donde ha sido al reves.

El resultado de esta disparidad, de esta brecha entre las dos poblaciones, es un enfrentamiento cada vez más enconado entre quienes tienen el poder y los que no lo tienen, y los primeros ven como una amenaza al mismo. Como en todo conflicto social por el poder, un grupo/élite tiene una serie de privilegios y ventajas y cuando alguien espera acceder a una posición de igualdad, ven esos privilegios amenazados y se defienden usándolos en su beneficio. Al fin y al cabo, si todo el mundo los tiene, no son privilegios ¿no? Los beneficios laborales que tiene ser hombre frente a ser mujer, el acceso a la salud solo para aquellos que lo pueden pagar, etc. son todos ejemplos de cómo aquellos que tienen privilegios prefieren crear mundos donde esos privilegios se mantengan (y a poder ser, se expandan) en lugar de buscar un mundo de igualdad y justicia.

La respuesta a todo esto, en este caso, han sido las manifestaciones y protestas más grandes que ha visto Estados Unidos en mucho tiempo. Pese a la violencia desatada en algunas de ellas, hay también multitud de manifestaciones que han discurrido pacíficamente. Pero eso, obviamente, no interesa para ciertas narrativas. El Presidente más inepto de la historia reciente de Estados Unidos (acaso de todos los tiempos), Donald Trump, ha indicado a los gobernadores de los distintos estados del país que deben “dominar a los negros por la fuerza, o son unos idiotas”. Y ha empleado literalmente el slogan de los años 60 de un policía extremadamente racista “cuando comienza el saqueo, comienzan los disparos”, aludiendo con ello a que la respuesta adecuada a las manifestaciones es una mayor contundencia policial.

Trevor Noah reflexiona sobre el racismo estructural en este caso

Y esto no se aplica solo a las manifestaciones más violentas. El 1 de Junio, Trump ordenó a la policía disolver con la fuerza una manifestación pacífica en Washington de modo que él pudiese acercarse a una iglesia (a la que nunca acude) para hacerse fotos con una biblia. Porque Trump no es un buen presidente, no sabe gestionar nada ni tiene interés en hacerlo, pero sabe jugar con la opinión pública. Lleva intentando meses que cuelen narrativas distintas sobre el corona virus, como el “Obamagate”, y no lo ha conseguido porque todo el mundo ve lo nula que está siendo su gestión. De modo que el siguiente paso para intentar ganar las elecciones en otoño es usar este conflicto racial como una plataforma para movilizar a sus votantes más acérrimos: esos hombres blancos con armas que ven que su mundo está cambiando y no quieren que lo haga (al fin y al cabo, el slogan era “haz América grande de nuevo”, un claro mensaje destinado a quienes recuerdan con nostalgia los tiempos pasados en que no veían amenazados sus privilegios).

Trump intenta convertir el racismo en un argumento de campaña.

Así que en lugar de buscar una solución pacífica a la situación, en vez de sentarse a dialogar y buscar nuevas medidas y cambios sociales que eviten que esto se repita de nuevo, Trump prefiere agitar las llamas del conflicto racial y esperar que sus seguidores se pongan de su lado. Y en línea con él, una parte de los medios se escandalizan de la violencia desatada por los manifestantes y señalan que “esta no es la forma de conseguir cambios”.

Sinceramente, si esta no es, ¿cual es? No voy a abogar por la violencia, pero a estas alturas se ha intentado de todo para generar ese cambio. Desde Luther King y sus discursos, a vídeos mostrando la violencia y brutalidad policial, y nada ha funcionado. La brecha racial sigue viva y bien, y los que la sufren siguen muriendo ante quienes se supone que deben proteger y servirlos. ¿Qué alternativas quedan?

La lucha social, entre oprimidos y opresores, no se hace normalmente con éxito usando las reglas de los opresores. La Revolución Francesa no fue un grupo de ciudadanos debatiendo filosofía mientras toman café en una terraza sino que se pusieron guillotinas en las calles; los movimientos sindicalistas no consiguieron las ventajas laborales en agradables tertulias sino creando piquetes y huelgas que golpeaban a los burgueses donde les dolía (el dinero). Son solo ejemplos de cómo, a menudo, los conflictos sociales pueden ser motor del cambio brusco y eficaz porque, como decía Maquiavelo, los que tienen el poder tienen la única tarea de mantener y acrecentar el mismo, y el miedo es el mejor camino para ello.

Cuando a una parte de la sociedad se la oprime y se le cortan los caminos de ascenso y mejora de las condiciones de vida (y ya hemos hablado como el ascensor social en buena medida está estropeado) y se reprime y abusa de la misma con los mismos medios que teóricamente sirven para defender la justicia… ¿qué se esperan? El asesinato de George Floyd es una tragedia, pero una tragedia que se podría haber evitado si se hubieran creado medidas que garantizasen que la policía no comete estos abusos. Y la respuesta está siendo vasta y amplia, desde la violencia y saqueos, a las protestas pacíficas, porque todas las respuestas y movimientos previos fueron incapaces de solucionar el problema y el Presidente prefiere aumentar la confrontación y polarización en lugar de solucionar el conflicto. Una serie de acciones que se han visto enfrentadas por una policía cuya contundencia, por no decir brutalidad, ha dejado imagenes como la de coches de policía arrollando a manifestantes pacíficos, o policías asaltando una casa y matando a una persona con sus cámaras policiales apagadas para no dejar registro.

El racismo es un problema cotidiano, presente en todo momento

Y es que, a estas alturas de la historia, desgraciadamente no es solo la vida de George Floyd la que se ha visto cortada antes de tiempo por una brutalidad policial. El racismo, como toda desigualdad social, es estructural. No es un hecho aislado. No es un nombre concreto, un abuso puntual. No es algo que no exista menos en algunos momentos esporádicos.

Al contrario. El racismo es parte de la vida cotidiana de la gente de toda sociedad porque garantiza unos privilegios que la gente que los tiene no quiere perder. Así que se vive desde pequeño en un mundo donde una parte de la población sabe que si comete cualquier error, van a pagar desproporcionadamente por ello… y, a menudo, incluso sin cometer ningún error. Y aunque no sea la policía la que abuse de ellos, lo será el mercado laboral para el cual no van a encontrar una buena inserción por la falta de educación, lo será la sanidad que no pueden pagarse (las tasas de muerte por corona virus son mucho más altas entre los negros que los blancos, por ejemplo), etc.

Una muy eficaz representación del racismo norteamericano en este caso

Es un problema estructural que afecta a todos los aspectos de la vida de la gente. Y solucionarlo requiere cambios de extrema profundidad que garanticen que esas barreras vayan desapareciendo. Se han dado muchos pasos en este camino, como la abolición de la esclavitud o de la segregación, pero los que quedan por dar son los más difíciles porque son los más invisibles. Una vez que existe la igualdad formal en los códigos de leyes, el resto de la desigualdad se vuelve sutil y perniciosa, escondida detrás de las interacciones diarias como una mujer que llama a la policía porque un negro le ha solicitado que le ponga el collar a su perro. Es esa microdesigualdad, ese racismo de las pequeñas cosas, que se acaba traduciendo en las grandes, como la desigualdad en el acceso al empleo y a la educación, que resulta terriblemente difícil de combatir porque no se puede legislar al respecto, lo que hay que hacer es cambiar la forma de pensar y sentir de la gente.

Y hacer que entiendan que han disfrutado de unos privilegios que no les corresponden, no son justos, y deben desaparecer. Y nadie quiere ser convencido de que debe renunciar a cosas que cree que tiene por derecho.

Costán Sequeiros Bruna

Y tú, ¿qué opinas de la escalada del conflicto racial en Estados Unidos?

PD: gracias a Miguel Groba por proponer este tema para el blog.

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