Tribulaciones de la Clase Ociosa

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La Pregunta Mágica - Tribulaciones de la Clase Ociosa

La Pregunta Mágica

August 16th, 2007

Siempre he creído que las preguntas encierran un poder que la gente a menudo no les reconoce. Un poder capaz de moldear el mundo y las ideas, y las personas con ello. Así que le he dedicado bastante de mi tiempo a reflexionar sobre ellas.

Con ello me di cuenta de que existe una importante distinción entre tipos de preguntas. Podríamos decir que, por un lado, existen preguntas primarias. Preguntas como “¿cuándo?”, “¿dónde?”, “¿por qué?” o “¿quien?” nos permiten entender el mundo a nuestro alrededor. Permiten darle sentido al pasado y al presente, darnos cuenta de nuestra posición en la vida, y del lugar que los demás ocupan a nuestro alrededor. En cierta medida, son como nuestros sentidos sociales, nuestros ojos u orejas que permiten que nos demos cuenta de lo que sucede en nuestro mundo.

Pero hay una pregunta que no es primaria, sino que se encuentra en el centro de lo que es el ser humano. Sólo ella nos da de nuestra dimensión de seres que planifican, que sueñan, que tienen imaginación. “¿Y si…?” Sólo dos palabras, ciertamente, pero es gracias a ella que existen el teatro, la ciencia, la poesía, la política, y que podemos dar sentido a nuestras vidas en una proyección no sólo delo que somos y fuimos, sino de lo que queremos ser. Es la llave del futuro.

Así, es una pregunta que la gente se hace a menudo, disfrazada de muchas otras formas, o incluso implícita. Si estamos atascados en un proyecto, por ejemplo, llamamos a nuestros a amigos para saber si ellos tienen ideas que puedan ayudarnos a desatascarnos. Eso es un “y si…”, ya que básicamente, la pregunta implícita sería “¿Y si llamo a tal, podría ayudarme?”. Y como eso, millones de cosas, día a día. Y es que esta simple pregunta es la clave de planificar cualquier cosa.

La razón de ello es simple, la más básica e importante de las funciones cognitivas humanas: la imaginación. La imaginación se muestra a través de “y sis”, colocándonos en futuros hipotéticos a los que podemos preguntar las realizar primarias como si todo hubiese ocurrido ya. Así, podemos pensar “¿Y si Pedro le hubiese pedido a Marta que saliese con él?” e imaginarnos todo lo que ocurriría alrededor de la situación. Qué le habría respondido ella, dónde lo habría hecho, qué consecuencias tendría, etc. Construimos complejos castillos de hipótesis unas sobre otras, inventando un mundo para nosotros mismos que sólo existe en nuestra mente y gracias a esa simple pregunta. Como una partida de ajedrez, donde cada uno de los jugadores trata de adivinar qué haría el oponente a continuación, qué harían ellos en consecuencia, cómo respondería el otro, y así hasta el infinito.

Sin embargo, el enorme poder que encierra esa pregunta es al mismo tiempo peligroso. La tristeza sólo existe porque existe esa pregunta, al fin y al cabo. Porque si no pudiésemos entender que habría otra posibilidad, si no pensásemos lo bien que estarían las cosas si tal o cual evento hubiese sido diferente (y para eso la imaginación es imprescindible, y por tanto la devandita pregunta), la tristeza no tendría sentido. Simplemente iríamos aceptando lo que nos ocurre sin cuestionarlo (la imaginación es la base del pensamiento crítico, al fin y al cabo, pues es la que nos permite pensar en alternativas).

Pero también es cierto que es ella en gran medida la que nos da la felicidad, no sólo la tristeza. La felicidad surge de imaginar cómo podríamos estar si no estuviéramos como estamos: si resulta que las demás opciones son mejores estamos tristes, pero si las otras opciones son peores estamos felices. Así, en realidad, la felicidad y la tristeza no son sentimientos separados como a menudo se cree, sino los dos extremos opuestos de la escala con la que nos comparamos con los demás, con el mundo, y con nuestras propias elecciones y sus consecuencias. El ser humano es un ser social, incluso para ser feliz o triste.

Así que es esa pregunta la que nos da el ser humanos. Los animales, más instintivos y anclados en el presente (especialmente cuanto menor es su cerebro) son incapaces de sentir esas cosas, como son incapaces de planear el futuro. Quizás algún día seamos capaces de controlar la pregunta y quedarnos sólo con la capacidad creadora, ensoñadora y feliz de la ecuación… pero quizás ese día hayamos dejado de ser humanos y nos hayamos vuelto otra cosa, más cercana a las máquinas.

Costán Sequeiros Bruna

Este es el comentario que había en el blog antiguo:

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