Tribulaciones de la Clase Ociosa

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Los Juegos y el Mundo Real - Tribulaciones de la Clase Ociosa

Los Juegos y el Mundo Real

November 17th, 2013

indiceHace tiempo ya expuse cómo los juegos son parte vital de nuestro aprendizaje y crecimiento. Sin embargo, aprovechando que esta semana he estado en el seminario organizado por Hector Puente Bienvenido, con ponencias muy interesantes, creo que es momento de volver sobre el tema. Sin embargo, en vez de centrarnos en esta ocasión sobre cómo los juegos nos enseñan, vamos a ver qué es lo que nos enseñan… y es que, ya lo adelanto, los juegos no son nada neutrales.

Cada sociedad, cada época, cada mundo tiene sus juegos. Desde el go en Japón, al ajedrez, cada uno tiene una historia que refleja el entorno social donde fue creado. Por ejemplo, hasta que Isabel la Católica empezó a jugar al ajedrez, la Reina movía sólo una casilla como el Rey, y sin embargo la monarca española se negó a aceptar eso y modificó las reglas para crear el juego como lo conocemos hoy en día.

Los juegos cargan con mucho a sus espaldas, y una de las principales cosas que llevan en su interior es ideología. En dos dimensiones principales:

Primero, tenemos que los juegos nos enseñan que estamos solos ante un mundo hostil. Así, en la mayoría de juegos, los jugadores participan por si mismos, y se enfrentan a sus compañeros de juegos ya que sólo puede haber un ganador. Así, separan el “yo” del enemigo, el “otro”, y siempre que haya un otro aprendemos a competir, lo cual se nutre de los mecanismos básicos de respeto/status (los ganadores son más queridos) y de autoestima (que siempre es algo relacional, basada en la comparación con otros). Por ello, los juegos nos enseñan que si somos buenos aprovechando las reglas, en el pensamiento estratégico, podemos aprovechar la hostilidad del mundo en nuestro beneficio.

German_Monopoly_board_in_the_middle_of_a_gameSegundo, está una seria capa de ideología en un sentido más clásico. Con el Monopoly, por ejemplo, estamos aprendiendo el funcionamiento básico del capitalismo, y que la riqueza es ganar. Con el Risk aprendemos que está bien conquistar a los débiles y el uso de la fuerza en el entorno de las relaciones sociales. Con el Trivial que el conocimiento es merecedor de respeto y es digno de considerarse “ganador”, etc. Cada juego reconstruye en si mismo unos u otros valores sociales, y nos hace operar dentro de la lógica de que son correctos a la hora de jugar y ganar. Obviamente, no implica que por jugar vayamos a creernos esos valores instantáneamente, pero si que es cierto que les dejamos entrar en nuestra mente cuando estamos receptivos, porque para disfrutar del mundo del juego, de su círculo mágico, hace falta aceptar el mundo que nos presenta.

Pero, ¿esto implica que somos agentes pasivos ante un juego? Para nada, al contrario de lo que se creía originalmente, el juego está diseñado para crear una experiencia de juego (un gameplay), pero esto no implica que siempre sea así. Ahí tenemos las famosas “reglas de la casa”, por ejemplo, donde según dónde se juegue y con quien se pueden cambiar las reglas de un juego para hacerlo más divertido e interesante. Así, los jugadores son los que al final tienen el poder y la capacidad de decidir con qué reglas jugar, y cómo quieren divertirse, y así se agencian el poder sobre el mundo.

Y aquí hay un elemento central que es a donde quería llegar. Los juegos nos enseñan una realidad del mundo social en el que vivimos: siempre que hay más de una persona surge un “nosotros” y un “ellos”. Cuando esto surge, aparece el desequilibrio de poder, y con él la competición. Pero esta competición no necesariamente debe tener lugar bajo las reglas que nos han dicho que son las correctas, sino que puede ocurrir cómo deseemos que sean. Si queremos crear un mundo más justo o más desigual, debemos hacerlo sabiendo esa pequeña verdad universal y manejándola de modo que se minimicen los daños y se maximicen las ganancias del conjunto de la sociedad, donde el “nosotros” ganador sea lo mayor posible. Al fin y al cabo, el objetivo sigue siendo el antiguo slogan “la máxima felicidad, para el máximo número de gente posible”, por complicado que sea de alcanzar.

Costán Sequeiros Bruna

PD: la mayor parte del contenido de este post, como corresponde, no es idea mía sino de Héctor Puente, Marta Fernández y Mélida López.

Y tú, ¿qué opinas?

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