Tribulaciones de la Clase Ociosa

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Discutiendo de Estado de Bienestar, Impuestos y Crisis Económica - Tribulaciones de la Clase Ociosa

Discutiendo de Estado de Bienestar, Impuestos y Crisis Económica

October 26th, 2010

El Final del Túnel de Paul Krugman, y Huelga General de Propuestas de Joaquín Estefanía son los dos artículos sobre los que me tocó hacer este comentario que hoy comparto con todos vosotros.

Ambos artículos parten de un mismo punto, y uno que comparto, que consiste en que la solución a la crisis no puede pasar por una reducción de la inversión del Estado; al reducirse esta inversión lo que se consigue es inyectar un capital menor en la sociedad a cambio de un ahorro a corto plazo, pero este capital deja de circular con lo que empresas e individuos ven reducida su capacidad adquisitiva y, con ello, peligran los empleos, se reduce el gasto, y se contrae el mercado.

Sin embargo, con las crecientes deudas estatales, la solución necesariamente es ese ahorro, porque existe una extendida y negativa visión sobre los impuestos. Supuestamente, estos son ineficaces e ineficientes, siendo mejor la inversión privada como su sustituto. El problema es que la inversión privada busca ganancias, no redistribución, con lo que sólo invierte si las condiciones son buenas para ello, y una crisis no lo es; y eso por no mencionar que la inversión privada no tiene ninguna razón para ser o más eficaz o más eficiente que la pública, todo depende en ambos casos de los directivos que la planean. Y los directivos, en ambos lados, son sólo personas con sus limitaciones.

La solución, por tanto, más correcta es incentivar la inversión por un lado, así como una recaudación segmentada que penalice con más fuerza a aquellos que más tienen, y compense a los que lo necesitan. No es, por tanto, cuestión de menos Estado, menos impuestos, menos Estado del Bienestar, sino todo lo contrario.

Es el caso que defiende Paul Krugman con el ejemplo del túnel bajo el río Hudson: inversión estatal que movilice población inactiva, solucione eficiente y eficazmente problemas sociales, y reactive la economía.

Pero políticos de cortas miras, tanto en Estados Unidos, como en Europa y España, se cierran en banda a esta medida y se dedican a cortar impuestos como medio fácil de reducir gasto sin penalización en votos. Son conscientes de que la sociedad ha sido “adoctrinada” por la hegemonía neoliberal para estar en contra de los impuestos, por lo que aumentarlos en un modo u otro siempre acaba teniendo consecuencias negativas en votos a menos que tenga un rédito social evidente y rápido de manera que la gente vea el efecto que sus impuestos tienen.

Y este probablemente sea el mayor problema de los impuestos y todo el sistema de la Hacienda Pública. La percepción de la gente es que los impuestos son dinero perdido, que se utiliza mal y acaba en manos de la corrupción política. Aunque esto pueda ser cierto en algunos casos, eso no invalida la enorme cantidad de cosas buenas que se hacen con ellos, pero la gente sigue teniendo la sensación de que no hacen lo que deberían (así, por ejemplo, siempre se quejan de que el sistema de sanidad público tiene listas de espera enorme, sin recordar que en otros sitios como Estados Unidos ni siquiera tienen un sistema público). La gente, al final, da los bienes que tiene como algo “por sentado”, sin ser conscientes de que son el producto de luchas sociales muy importantes que llegaron a unos acuerdos que permiten que eso funcione, y que como tales siempre pueden ser desmantelados.

Así pues, respondiendo a las preguntas que Joaquín Estefanía lanza al final del artículo, el equilibrio entre reducción del déficit y crecimiento debe desequilibrarse a favor del crecimiento, pues este crecimiento a más largo plazo acaba por cubrir el déficit, mientras que eso no se da a la inversa; además, ante un crecimiento sostenido, los mercados e instituciones están más dispuestos a ser permisivos con un cierto déficit, pero con poco déficit se seguirán quejando del estancamiento económico. Por supuesto que esto no implica ignorar al déficit, pero sí dejarlo en una segunda prioridad, por detrás de la activación económica y las políticas de redistribución de riquezas.

El gasto público no se debe recortar en mi opinión, sino reorganizar. La clave es que el gasto público genere bienes que sirvan a la gente, que se hagan valiosos. El gasto público debe servir a la sociedad. Si lo hace de modo eficaz y eficiente, no debe ser recortado. Por supuesto, si no lo hace de ese modo, debe recortarse y retrabajarse hasta que sea eficaz (sobretodo) y eficiente en la medida de lo posible.

Y sí, la inversión en infraestructuras debe ser dejada de lado a favor de inversiones a más largo plazo como formación e I+D+i. Sino lo que tendremos será otra burbuja inmoviliaria más adelante, pues aunque pongamos parches a esta las goteras del tejado seguirán ahí en forma de serias debilidades del modelo industrial y de crecimiento español. Debemos invertir en nuevas tecnologías y hacernos competitivos en los bienes que requieren formación, pues no somos un país que pueda permitirse competir en capital (otros tienen mucho más que nosotros) o mano de obra (en otros países hay más y mucho más barata, especialmente en Asia).

En cuanto al gasto público, sí debe financiarse con un mayor esfuerzo de los que ya pagan, especialmente los que más tienen, gravándose a las empresas e individuos que más riqueza tienen pero ofreciéndoles a la vez buenos servicios que hagan que esos gastos les compensen: buena infraestructura (que ya más o menos tenemos), personal cualificado para sus trabajos, una burocracia simplificada que tramite todo con mayor rapidez, etc.

Pero esto no quita que Hacienda debe tener mayores y mejores sistemas de control que permitan vigilar y anular en la medida de lo posible a las diferentes vías de la economía sumergida. Evadir impuestos puede ser bueno a corto plazo para las empresas e individuos que más pagan, pero si empiezan a ver que pagar sus impuestos compensa en forma de apoyos, defensa de sus intereses en los mercados globales, leyes que hacen que puedan funcionar mejor (reduciendo, por ejemplo, las dificultades y tiempo que lleva abrir una nueva empresa), acabarán por entender que compensa pagar esos impuestos a cambio de los bienes sociales que reciben. Obviamente, no se puede eliminar por completo al “free rider”, pero sí reducir su interés en ir por libre por medio de sanciones económicas, sociales, o simplemente un menor acceso a recursos de otros tipos (diplomáticos, apoyos políticos, etc.).

Lamentablemente, para esto todo haría falta una generación de visionarios que entendiesen que quizás haya que sacrificar votos a corto plazo para generar bienestar a largo. El problema, tanto en España como en Estados Unidos, sigue siendo el mismo: los políticos quieren ganar las próximas elecciones, y estas se mueven siempre en los cortos plazos, de modo que el rendimiento a medio y largo plazo es menos valorado. Les falta visión, planes, y voluntad de sacrificio. El obstruccionismo (en Estados Unidos lo muestra Krugman) y la inactividad (en España lo muestra Joaquín Estefanía) rentan más que el esfuerzo, el riesgo y la voluntad de mejorar las cosas.

Al final, aunque el político debería servir al bien público, ha acabado por convertirse en una profesión más. Y si ganar es conseguirse un ascenso, nadie quiere que sea otro el que lo reciba. Mejor ser un trepa de la peor estofa que ser el que se que se queda atrás por mucho bien que podría haber hecho. Y eso, lamentablemente, es la tragedia de las actuales élites políticas, incapaces de sacrificar nada; al menos, las de hoy en día.

Costán Sequeiros Bruna

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