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Nuestra Vida en Automático

Lo cierto es que acabo de ver la película Click y me ha sorprendido gratamente. Sobretodo porque me hizo pensar. Intentaré no destriparla demasiado para los que no la hayáis visto, pero lo cierto es que tiene un elemento central en la trama que resulta real (aunque, obviamente, lo deformen).

La vida la pasamos demasiado a menudo en automático. No prestamos atención al mundo que nos rodea, interactuamos con los demás sin pensar demasiado en lo que decimos o hacemos, sin molestarnos en empatizar con las necesidades de los que nos rodean, sus sueños o sus deseos. Nos convertimos en robots, de la casa al trabajo, de ahí de vuelta a casa, un partido, cena y a dormir. Y repetimos. Conversaciones superficiales, todo predecible, etc.

Rutina, que lo llaman.

Sin embargo, lo cierto es que en el fondo la rutina acaba por quitarle el sentido a la vida, haciendo que la vivamos “a saltos”, cuando ocurre algo que se sale de lo rutinario. Cuando surge la chispa de lo imprevisto, o cuando tomamos un momento para paranos a respirar y pensar en el mundo que nos rodea y nuestro lugar en él.

La película cuenta esto como si fuera, básicamente, una cuestión psicológica: cada uno escoge qué momentos pasar en automático, y cuales no. Pero lo cierto es que en gran medida eso está condicionado por la sociedad: horarios de trabajo, formato de la semana, uso social del tiempo con fiestas y estaciones y todo eso. Un patrón, una regla que se repite un año tras otro, y una regla creada por nosotros.

De hecho, es interesante cómo en la película, cuando intenta reprogramarse, el personaje se ve forzado a hacer todo tipo de cosas que no haría, pues así evita la rutina. Ir en bici al trabajo, vestido con una bata, etc. Cosas que nunca nadie haría, pero que muestran lo importante que es esa rutina, y lo fácil que es caer en ella. Es como un fantasma, continuamente pendiente de nosotros, para robarnos la atención y hacer pasar el mundo a toda velocidad.

Así que, de vez en cuando, hay que molestarse en desprogramarse un poco uno mismo. Pararse a ver el mundo alrededor nuestra como lo ve un niño: con los ojos bien abiertos, fascinados, incapaz de saber lo que viene después porque aún no lo ha aprendido. Todo nuevo, todo por descubrir. Y si, requiere un esfuerzo consciente, y bastante considerable, pero a cambio renueva la ilusión por la vida y el sentido de esta misma. Es como una poción de la eterna juventud.

Costán Sequeiros Bruna

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