Tribulaciones de la Clase Ociosa

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Los impuestos, el Estado y los ciudadanos - Tribulaciones de la Clase Ociosa

Los impuestos, el Estado y los ciudadanos

November 1st, 2021
Imagen que muestra una figura del Estado y una bolsa impuestos sobre una balanza.
El Estado y los impuestos van de la mano desde el principio.

Estaba viendo las noticias tanto ayer (con el programa de Salvados sobre la luz) como en Euronews cuando hablaban de la reciente aprobación por parte del G-20 del impuesto mínimo global del 15% y creo que es hora de retomar este tema del cual ya había hablado en el pasado. Empecemos por tanto por el principio, con una pequeña historia de cómo los impuestos han llegado a como son ahora y por qué son centrales en la existencia mínima del Estado. Así que, érase una vez…

En concreto, una vez que tenía lugar durante la Edad Media, por no irnos más atrás. En ese momento histórico aún no existían los impuestos como los conocemos hoy en día, sino que lo que existía era el hecho de que la nobleza y la iglesia cobraban rentas de los campesinos por trabajar sus tierras. Los diezmos garantizaban así que ambas clases sociales podían vivir sin necesidad de trabajar realmente, porque eran los campesinos libres, los gremiales y los siervos los que cubrían sus necesidades económicas. Pero si avanzamos el reloj vemos que todo ello cambia con la llegada del Renacimiento. Los reinos medievales eran locales y pequeños, estaban divididos entre condados y ducados, enormemente rurales y descentralizados. La llegada del Renacimiento cambió eso, cuando España inicia la creación del primer Estado moderno y su centralización, primero con los Reyes Católicos y posteriormente con sus hijos. Y una de las necesidades básicas para imponer el control centralizado del Estado era la capacidad económica y la otra la militar. Y es que, durante la Edad Media no existía un ejército “del Estado” sino que cada señor feudal tenía su propio ejército y los ponía (o no) al servicio de sus señores según se terciaban las alianzas y las enemistades. Pero la aparición de los Tercios cambia eso, cuando los reyes españoles instituyen un ejército centralizado bajo control real… un ejército que necesita su soldada (sus sueldos) para hacer su trabajo porque era un ejército profesional. Y del otro lado, en Flandes, por ejemplo, la defensa holandesa contra los españoles se basaba en la contratación de mercenarios por parte de las ciudades, para lo cual necesitaban impuestos comunes a sus comerciantes para poder sufragar esos ejércitos. Y así, porque hay que pagar espadas y cañones, es como surgió la necesidad de los impuestos y estos se encuentran en el centro del funcionamiento de todos los Estados. Sin ellos, el Gran Capitán no habría podido hacer sus famosas cuentas que le permitían “disparar con pólvora del Rey”.

Entonces, si dejamos este pequeño recorrido histórico atrás, lo que tenemos es que un servicio público (en ese caso, el ejército) puede existir si existe la capacidad recaudatoria por parte del Estado que costea ese servicio público. De modo que, a medida que los Estados han ido creciendo, con ellos han ido creciendo los impuestos: impuestos sobre la renta, sobre el gasto, tarifas aduaneras, etc. sirven para sufragar los distintos aspectos del Estado, desde el funcionamiento de las instituciones, a la sanidad pública, o la educación, los subsidios de paro, etc. Cuanto más crece el Estado, más necesita recaudar para poder a cambio seguir aportando servicios de todo tipo.

Ahora damos el siguiente paso, y es la idea de que la desigualdad económica se encuentra en la base de todas las demás desigualdades. Si existe una desigualdad de género (que obviamente existe) una parte importante de la misma es debida al distinto salario que reciben mujeres y hombres por el mismo trabajo; si existe una desigualdad de raza, se debe a que no pueden acceder a los mismos empleos y por tanto hay una desigualdad económica central; etc. Cojáis la desigualdad que cojáis en cualquier sociedad capitalista moderna, váis a encontrar que uno de los elementos centrales de la misma es que la riqueza entre ambas partes desiguales es diferente.

En respuesta a esto, lo que hace falta es crear diversos mecanismos de balance o redistribución de la riqueza. El Estado de Bienestar es probablemente el más desarrollado de estos. Cuando en vez de cada uno tener que pagar su propia sanidad, la paga el Estado para el conjunto de su población, lo que tenemos es que todo el mundo tiene un acceso a la salud mínimo, independientemente de su riqueza; sin duda, en el mundo actual capitalista, la sanidad privada existe, pero cuanto mejor sea la sanidad pública menor beneficio se tiene por ir a la privada y mejor salud tiene toda la población independientemente de su riqueza. Y si tienen mejor salud podrán trabajar de modo más productivo, ser más creativos, más felices, aprovechar mejor su tiempo, etc. redundando con ello en una sociedad que funciona mejor. Y del mismo modo se puede explicar el papel de la educación pública, de los sistemas de cuidados, de las vacaciones pagadas, de los subsidios de paro o de jubilación, de las opciones que ofrecen los sistemas de trabajo social, etc.

La función de todo esto es subir los mínimos a los que todos podemos vivir, de modo que nadie exista en la pobreza estructural. Obviamente, es una aspiración para la cual aún falta mucho trabajo, pero la idea es que cuanto más fuertes y robustos sean los servicios que ofrece el Estado a sus ciudadanos, más felices, productivos, sanos, cultos, etc. serán estos, y, con ello, el país funcionará mejor y de modo más igualitario. El problema es que esto requiere el crecimiento del Estado, hacen falta ministerios, hospitales públicos, guarderías, trabajadores sociales, etc. Y eso requiere que el Estado crezca en su capacidad recaudatoria.

Y aquí está el centro del problema. Más impuestos bien empleados implican menor desigualdad económica. Eso sin duda es beneficioso para la mayoría de la sociedad… pero no para todos. Y es que aquí es donde entran las grandes corporaciones, los ricos, etc. Ellos no necesitan la sanidad pública, se pueden pagar la sanidad privada; ellos no necesitan las universidades o colegios públicos, mandan a sus hijos a los privados. Y así con todo. Lo que ellos necesitan, como toda empresa bien sabe tan pronto tiene accionistas, es aumentar sus beneficios. Y aumentar los beneficios de cualquier individuo o empresa es un proceso de concentración de la riqueza. Si imaginamos que la riqueza está limitada (que no es exactamente cierto, pero para este caso nos sirve), para que exista un Jeff Bezos hace falta que mucha gente haya aceptado una vida con un dinero mínimo, para que todo el excedente de la “parte que les correspondería” pueda acumularse en la cuenta del millonario. De modo que incrementar los beneficios de alguien redunda inevitablemente en un incremento de la desigualdad económica global, porque hacen falta muchos ciudadanos explotados para que su plusvalía sirva para hacer millonario a un único ciudadano.

Mapa de la desigualdad mundial según el Banco Mundial, medido por su coeficiente Gini.
Statista ilustra en este mapa la enorme desigualdad mundial.

Entonces ahí tenemos el choque central desde el surgimiento del mundo capitalista a partir del siglo XVIII en adelante. De un lado, en el rincón azul del cuadrilatero, las clases medias y bajas; del otro, en el rincón rojo del ring, las clases altas. Históricamente, el intercambio de puñetazos propios de este combate ha llevado de un lado a otro el equilibrio entre ambas facciones, con periodos de menor desigualdad económica (por ejemplo, el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, con un Estado más intervencionista en economía) y otros de mayor desigualdad económica (especialmente a partir del crecimiento del neoliberalismo con Reagan y Thatcher). Y, en estos momentos, vivimos en un mundo de una enorme desigualdad económica, donde las diversas crisis por las que hemos ido pasando han caído sobre los hombros de las clases medias y bajas, empobreciéndolas a costa de enriquecer a las clases altas.

Si os fijáis en el mapa anterior, una de las cosas que veréis es que allá donde el Estado es más fuerte (los países nórdicos por ejemplo) los indicadores de desigualdad son menores que en aquellos Estados más desestructurados (como Sudáfrica o Brasil). Esto se debe precisamente a que los Estados más fuertes tienen esa capacidad redistributiva de la que hablaba antes, garantizada a través de unos impuetos que han ido cambiando estos equilibrios continuamente. El problema del combate de boxeo, sin embargo, es que ambos púgiles son desiguales.

Como bien hablaban en Salvados, los grandes magnates, las corporaciones, etc. tienen el control en buena medida de la narrativa social, de la historia que nos contamos sobre cómo es el mundo. Y ellos saben que los impuestos no les benefician. De modo que la narrativa dominante en la televisión, en la prensa y, a menudo, en las intituciones, es que lo mejor para la economía es que sea de libre mercado, carente de interferencias estatales y con el mínimo de impuestos posibles. Así puede incrementarse la desigualdad económica, obtener mayores beneficios, y a cambio decir que es “lo mejor para la economía de todas las personas”. Y para justificarlo inventan historias como la economía de goteo, donde el incremento de riqueza de los que más tienen acaba goteando a las clases bajas cuando ellos van gastando esa riqueza, creando empleo, etc. Es una ficción alejada de la realidad de la que podemos hablar otro día, pero lo que importa es que es una ficción que la gente en buena medida ha aceptado.

Gráfico que muestra los niveles altos de desigualdad previos a la crisis del 29, como estos bajan hasta los años 80 y como de ahí de nuevo suben hasta alcanzar los valores más altos en el siglo XXI.
La evolución del caso de la desigualdad en Estados Unidos es un buen ejemplo de la progresión global. Fuente

Y es que si vemos los números reales de tasa impositiva, veréis que los países que más recaudan en relación a su PIB son precisamente los países europeos, aquellos con menores tasas de desigualdad en el mapa anterior debido a que tienen Estados del Bienestar más fuertes. Y no os llevéis a engaño, por mucho que la prensa diga lo contrario, España no está ni de lejos a la cabeza de ese grupo, siendo de los países europeos que más abajo se encuentran en la tabla. Y la progresión ha ido de puntos de mayor desigualdad a comienzos del siglo XX a un punto bajo a mediados del mismo, a crecer a límites insospechados, como ilustra este gráfico en el caso de Estados Unidos.

Con todo este recorrido, a lo que iba, es que el mundo que tenemos es un conflicto entre historias dispares sobre quienes somos, quienes queremos ser y cómo queremos que sea la sociedad en la que vivimos. Y uno de los conflictos centrales tiene que ver con el Estado y sus capacidades. Cuando potenciamos la capacidad impositiva del Estado lo que estamos haciendo es darle herramientas que puede usar para reinvertir ese dinero en mejorar la sociedad, construyendo infrastructuras, ofreciendo servicios, garantizando la seguridad, etc. Esto inevitablemente redunda en una sociedad más igualitaria y, con ellos, unos ciudadanos que llevan adelante vidas mejores, más felices, plenas y con garantías. Por eso medidas como rebajar el IVA a la luz pueden ser buenas a corto plazo (las facturas de la luz son un despropósito) pero al mismo tiempo pueden ser negativas a largo plazo, al retirarle capacidad impositiva al Estado. En este caso, el de la luz, sin duda le IVA que tiene actualmente es demasiado alto y debería bajarse al de bien de primera necesidad, pero no se debe producir esta rebaja sin más, sino que el Estado debe obtener ingresos de otro lado para compensarlo.

En concreto, ingresos de los más ricos. Así de sencillo.

Los mejores impuestos para esto son los que hacen objetivo a bienes de consumo de lujo (como joyería), un gasto en el que incurre en mayor medida las clases más altas; igualmente, la existencia de tramos progresivos en la imposición a las rentas, cobrando más en proporción a los que más tienen, sirve para lo mismo. Y como estos, muchos otros ejemplos. Cuanto más se cobra a los que más tienen, ellos sin duda sufrirán mucho por no poder tener un tercer yate, pero a cambio mucha gente podrá ir a un hospital público con una cola de espera más baja, médicos con turnos de una duración razonable y con el equipo necesario. Creo que ese tercer yate es un sacrificio razonable a cambio de las vidas de mucha gente.

Pero, obviamente, ellos no quieren perder el tercer yate, así que aquí es donde entra la importancia capital en esta historia de la evasión fiscal. Cuando una empresa tiene sede en un paraíso fiscal lo que hace es pagar una cantidad mínima de impuestos, una cantidad realmente baja, aumentando con ello sus beneficios a costa de no proporcionar recursos a los Estados donde hacen negocios. Cuando los Estados compiten entre sí para tener los impuestos más bajos para atraer la inversión extranjera (como lleva haciendo años Irlanda en el marco europeo, por ejemplo), lo que hacen es aceptar pérdidas de todo el mundo a cambio de tener ellos más trabajos. Esto pone a los países en una competición de mínimos, donde el ganador siempre es la empresa privada que tiene la capacidad de deslocalizarse de un lado a otro y aprovecharse de subsidios y ayudas. Porque que no os engañen, la historia de que los inmigrantes son los que abusan del sistema de subsidios y ayudas es mentira pero, aunque no lo fuesen, sin duda no se compara con la cantidad de ayudas y rescates que reciben las grandes empresas continuamente. Por eso es tan importante la idea de un impuesto mundial mínimo que se ha aprobado en el G-20, porque garantiza que, si se implantase en todo el mundo, todas las empresas no tendrían a donde huir para pagar menos de ese 15%, garantizando con ello una mayor capacidad recaudatoria de todos los países y un menor incentivo para hacer esa competencia fiscal desleal de la que hablaba.

Y es que, además, a los ricos mismos les es interesante esta ecuación si ven más allá de sus intereses cortoplacistas. El dinero ahorrado no sirve de nada en un mundo capitalista, está cogiendo polvo debajo del colchón. El dinero que importa es el dinero en circulación, que va de unas manos a otras cuando compran bienes o servicios. Cuanto más dinero circula, más grande es el mercado y más riqueza se genera (por eso decía antes que la economía no es exactamente un juego de suma cero). Un rico con muchos millones puede comprarse un pantalón para cada día del año, 365 pantalones en total, todos ellos super caros; pero un millón de personas de clase media que tengan un pantalón para cada mes son muchísimos más pantalones. La economía, el tamaño del mercado, depende del consumo y los que más consumen son siempre las clases bajas y media, que usan el dinero que consiguen con sus trabajos para cubrir sus necesidades y, cuando pueden, sus caprichos. Ya se que ahora los ricos dirán que ellos no ahorran ese capital, sino que lo usan y reinvierten, pero los males del mercado financiero podemos dejarlos para otro día porque este post ya va largo de más como para entrar en ese tema.

Y como, en efecto, el post ya va muy largo, vamos a irlo cerrando. La clave de la ecuación, si queremos resumir todo más o menos, es la siguiente: a mayores impuestos, mayores servicios puede proveer el Estado; a mayores servicios ofrece este, menor es la desigualdad económica en la sociedad y se genera mayor bienestar; esto redunda en una sociedad más productiva y feliz que hace crecer su economía, pero también su cultura, su cine, sus juegos, su tiempo de ocio, su filosofía, su ciencia… y redunda en la realidad de una sociedad que crece en todos los sentidos, económicamente incluido, lo cual a su vez puede permitir aumentar ciertos impuestos y, con ello, potenciar el bucle. Y esta es la base de toda la doctrina económica intervencionista, como la que hizo Keynes después de la Segunda Guerra Mundial, que ha permitido que el mundo crezca económicamente y que, desde el auge del neoliberalismo, se ha visto continuamente atacada por ser “socialista”. Sinceramente, si socialismo es tener mejores colegios públicos, mejor sanidad pública, mejores infraestructuras, cuidados para la familia y los ancianos, tiempo de vacaciones pagadas, condiciones laborales más justas, etc. no veo realmente que tiene de malo el socialismo.

Costán Sequeiros Bruna

Y tú, ¿qué opinas de esta relación entre impuestos, Estado y ciudadanía?

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