Tribulaciones de la Clase Ociosa

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¿Por qué no estalla una revolución? Respondiendo al Cuellilargo - Tribulaciones de la Clase Ociosa

¿Por qué no estalla una revolución? Respondiendo al Cuellilargo

February 27th, 2018

El Cuellilargo, en ese video que empieza este post, pone una pregunta muy interesante sobre la mesa y, para responderla, echa mano de dos de las grandes distopías sobre el poder que han salido de la ciencia ficción: 1984 y Mundo Feliz. Arriba tenéis el video para verlo en detalle, porque está bien argumentado, pero en mi respuesta a su post vamos a ir más allá y en vez de la ciencia ficción, vamos a argumentar desde las teorías del poder y la legitimidad.

Huxley y Orwell son muy buenos ejemplos de lo que son el poder de construir identidades y gestión de los deseos, y del poder represor. A estos dos aspectos, Foucault les dedicó mucho espacio en sus obras, hasta llevar a la concepción final que tiene del poder: el biopoder. En respuesta a la pregunta de por qué no estalla una revolución en España, Foucault diría que es porque el biopoder está funcionando eficazmente para gestionar la sociedad.

¿Qué es el biopoder? Básicamente, es el poder para gestionar las vidas de las personas, construir lo que desean y conformar sus identidades. Desde la escuela, la familia, los medios de comunicación, se nos bombardea continuamente con ideas sobre cómo hay que ser y por qué ser así, de modo que acabamos interiorizándolas y deseando ser eso. Construyen nuestras mentes desde mucho antes de que entendamos qué es pensar, de modo que nunca lleguemos a tener pensamiento crítico propio. Al menos la mayoría, siempre hay algunos que, por distintas razones, acaban desarrollando un pensamiento propio pero, como el alpha protagonista de Mundo Feliz, son una minoría muy minoritaria. El resto, al fin y al cabo, queremos ser como somos, así que estamos bien siendo como nos han construido, es más sencillo, es más cómodo y es lo que los que nos rodean van a aprobar. Al fin y al cabo, queremos ser buenos ciudadanos y adultos responsables, y eso requiere hacer lo que hay que hacer: y oye, como premio, hay un nuevo modelo de coche que puedes comprar, solo tendrás que trabajar muy duro durante años en un modelo económico donde las empresas te explotan duramente, ¡pero tendrás el coche!

revoluciónPero el biopoder como gestión de la vida no se limita a controlar nuestros deseos y condicionarnos con ellos. No es solo Huxley, sino que heredero de sus otros libros sobre el control y el poder, también es un poder represor capaz de acallar las voces opuestas. Desde el Panóptico o Vigilar y Castigar, Foucault nos habla del poder de la vigilancia continuada, del castigo hasta que se interiorizan las lecciones, de la estructura forzada de una rutina impuesta, del encierro, etc. Estructuras y técnicas que el biopoder sabe usar muy adecuadamente con aquellos grupos que se muestran resistentes al adoctrinamiento de sus identidades y que, al serlo, resultarían peligrosos para el sistema. Y que, usadas con suficiente habilidad y fuerza, acaban inscribiéndose en nuestro cuerpo y nuestra mente, de modo que esas lecciones de control y miedo se vuelven una parte de nosotros. Al fin y al cabo, ya los villancicos y canciones infantiles nos enseñan que estamos siendo continuamente vigilados y castigados si somos malos.

Pero los mecanismos del poder no son suficientes para anular todo intento de revolución, sino no habría existido ninguna revolución jamás en la historia. Y aunque las herramientas a disposición del biopoder crecen con cada año que pasa, lo cierto es que siguen sin ser suficientes para controlar a una población en caso de que esta quisiese levantarse por la fuerza, como muestran revoluciones presentes como fueron las herederas de la Primavera Árabe (aunque la mayor parte acabasen en tragedia). Porque, igual que las herramientas de biopoder aumentan, lo hacen parejas las capacidades que tiene la sociedad para hackear esas herramientas y usarlas para nuevos fines. Al fin y al cabo, es cierto que los móviles abren la vigilancia de nuestra privacidad, pero también que muchas manifestaciones y protestas han sido organizadas a través de ellos, y que si bien la NSA usa internet para vigilarnos, también es cierto que Snowden y compañía la han usado para avisarnos de esa vigilancia.

Por ello, aquí entra la otra cara de la moneda, la pregunta clave en todas las historias sobre revolución. Las revoluciones no ocurren porque el poder falle a la hora de controlar a la ciudadanía, el poder falla continuamente en esa tarea al fin y al cabo, lo que importa es la ciudadanía en si. La pregunta sencilla de “¿por qué no hay una revolución?” se responde de un modo igualmente sencillo: porque no queremos.

Un sistema social cualquiera está basado en la legitimidad: esto es, de modo muy resumido, las bases por las cuales los ciudadanos de ese sistema consideran que este es válido. Fuentes tradicionales de legitimidad pueden ser el código legal (vivimos en este sistema porque todo el mundo sigue las leyes), la tradición (vivimos en este sistema porque siempre ha sido así), etc. Estas fuentes de legitimación, estos pilares que sustentan el sistema, han pasado en la actualidad a subordinarse al principal pilar de todos: la democracia (vivimos en este sistema porque todos los ciudadanos lo hemos elegido).

revolicionSi echáis un vistazo a periódicos, análisis, comentarios, o incluso los debates con amigos en una cafetería veréis lo mismo que señala el Cuellilargo en el video: que el sistema está corrupto. El poder está abusando de sus medios para castigar a los sectores críticos y adoctrinar y acallar a los demás, y todos lo vemos. Pero el problema es que no se entiende que ese sea un problema sistémico, sino de partes del sistema.

Me explico: no es que el sistema político sea inútil y poco democrático, es que los políticos que tenemos ahora se han corrompido. No es que el sistema esté abusando de los medios de represión, es que hay ideas que son ofensivas y no deben ser expuestas. No es que el sistema legal y de derecho haya quedado anulado para qué según sectores de la sociedad, es que hay jueces y abogados nombrados por políticos que están alineados con ciertos intereses. Y así, una y otra vez.

Se transforma de un modo muy eficaz lo que es un error del sistema en el error de las piezas que conforman el sistema, pero no del sistema mismo.

Probablemente, lo más cerca que hemos estado de la revolución en el presente no es ahora, sino durante la época del 15-M, cuando se puso sobre la mesa la cuestión de que la democracia representativa no es suficiente, sino que queríamos una democracia real. Eso, de base, es un ataque al sistema mismo, a la legitimidad que lo sustenta: no vivimos en una democracia, sino en una partitocracia elitista, y tenemos los medios para cambiarlo. No hay separación de poderes, pero podemos crearla. Quieren callar nuestras voces y hacer que no aparezcamos en los medios de comunicación, así que salimos a las plazas y gritamos bien alto hasta que nos hacen caso y los medios de comunicación deben mostrarnos.

Sin embargo, aún durante ese periodo concreto, muchas de las bases de la legitimidad del sistema seguían sosteniéndose, al menos lo suficiente como para evitar el desenlace revolucionario. Primero, una cuestión central de ideología, que nos lleva a que toda Europa es eminentemente pacifista y las revoluciones se basan en dar un golpe de mano al poder, incluyendo la fuerza de la población si hace falta. Segundo, en relación a ello, tampoco hay una base social que apoye el uso de la fuerza como motor de cambio, ni organizaciones consolidadas que creen argumentario en torno a un movimiento revolucionario. Tercero, tenemos históricamente demasiado presente el resultado de la deslegitimación del sistema y cómo el descontrol posterior puede llevar a algo mucho más terrible: la dictadura fue la revolución que acalló la Segunda República al fin y al cabo, aún si no fue una revolución democrática. Y cuarto, precisamente por esa dictadura, la idea de una democracia (aunque tenga numerosos fallos) como modo de mantener la sociedad unida (“es un mal sistema, pero es mejor que el caos”) sigue siendo muy fuerte, adecuadamente alimentada por miedos a la separación catalana o al ascenso de grupos y gobiernos autoritarios en otros lados (como en Hungría), que si se replicasen en España nos llevarían de vuelta a una dictadura que sería mucho peor que una mala democracia. Y quinto, que la idea de una revolución que cambie la Constitución que nos ha guiado desde la Transición (adecuadamente glorificada) es demasiado peligrosa porque desharía el trabajo que hizo la “mejor generación de nuestra política”.

Esos caminos siguen apuntalando un sistema como el nuestro, que no es que sea una mala democracia: es que no es democracia en absoluto. La ofensa se ha vuelto una herramienta al servicio de una justicia que solo busca defender al poder, y se ha vuelto una herramienta política en los conflictos entre las élites (solo hay que ver que la situación catalana se ha “resuelto” en los tribunales, en vez de una solución auténticamente democrática como es que la ciudadanía dialogue, negocie y tienda puentes de unión). Y, al hacerlo, las ideas más revolucionarias han ido muriendo y siendo acalladas, porque el peso de la justicia cae con fuerza sobre ellas (aunque sean tan tontas como un tweet); y los demás, desde el otro lado de la pantalla, comentamos que menuda burrada, cómo se pasan los jueces o qué corrupto está el PP, pero luego vemos que el PSOE está igual de corrupto y no atamos las piezas de que lo que está podrido es el sistema en si.

revolucionEl sistema nos ha adoctrinado muy eficazmente para que aceptemos que la democracia es votar cada cuatro años y luego desentendernos. Y que votemos lo que votemos está bien, porque aunque vengan otros corruptos, el sistema sigue siendo una democracia y eso es bueno por definición. Por ello, ha hecho que olvidemos que la democracia va de decisión ciudadana, de gobierno ciudadano, que no es una cuestión de votar cada cuatro años sino que cuanta más participación ciudadana en política, mejor. Que ampliar los espacios donde la ciudadanía decide (sea en referendums o en la posibilidad de elegir las plazas de tu ciudad como en Madrid) es lo democrático y que una democracia fuerte no se basa en delegar el poder en una élite electa, sino en saber que es resultado de la acción ciudadana sostenida en el tiempo. Que una sociedad es más democrática cuanto más se involucra en su propio gobierno y que los poderes generados socialmente están al servicio de la ciudadanía, y no al revés. Y que cuanto más alto habla la ciudadanía, menos se escucha al biopoder y sus tejemanejes, por sofisticados que sean.

Así pues, la respuesta a por qué no hay una revolución no hay que mirarla en el poder. El poder nunca se revoluciona, es contrarrrevolucionario por definición ya que busca mantener el status quo. La respuesta a por qué no hay una revolución, pese a los abusos del poder por controlarnos, está en nosotros mismos.

Costán Sequeiros Bruna

Y tú, ¿qué opinas de la revolución?

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