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Reflexiones personales

El Bien Común No Existe

El Bien Común, esa idea preciosa que supone que existen acciones que benefician a todos los habitantes de una sociedad o colectivo y que, por tanto, son deseables para todos ellos. Acciones que avanzan las agendas de las personas independientemente de sus ideologías, opiniones, posiciones sociales, género, cultura… porque son universalmente buenas. Es uno de los relatos más bonitos que existen en política, y sin embargo es una quimera inventada en el siglo XVIII para convencer y ganar apoyo. Sorprendentemente, en pleno siglo XXI, alguien la usó hoy para intentar convencerme de apoyar una iniciativa en la que no creo.

Pero, empecemos por unos ejemplos. Sería fácil pensar que construir un hospital público es un Bien Común, sin embargo, si todos pagan la construcción del mismo, el rico que tiene sanidad privada no lo considerará un bien sino un gasto innecesario. O la política de discriminación positiva, destinada a eliminar una desigualdad histórica como es el papel inferior de la mujer en el mercado laboral, puede ser vista como un bien común hasta que un hombre pierde un trabajo porque no está dentro del cupo.

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Cortoplacismo, Democracia y Cambios Estructurales

A menudo, se oye a las distintas instituciones señalar que hace falta realizar cambios estructurales profundos en la economía, en la organización del Estado del Bienestar, o en cualquier otro aspecto de la sociedad. Y que estos cambios, cada vez, son más urgentes. El Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea, la ONU… todos ellos se pronuncian frecuentemente en este sentido. Sin embargo, al final nunca se producen. ¿Por qué?

La respuesta es porque vivimos en una democracia electoral donde a los partidos lo único que les importa es ganar las siguientes elecciones. Los cambios estructurales requieren muchos esfuerzos, sacrificios y, sobretodo, tiempo, con lo cual no dan votos en las elecciones siguientes, o incluso pueden reducirlos. Son cambios importantes y, sin embargo, nadie los hace porque no están dispuestos a pagar el precio: al fin y al cabo, en Europa ser político es una profesión de carrera y ninguno quiere perder el sueldo que les da el escaño (no contando con otros privilegios menos legítimos…).

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