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Auge y caída de los sistemas políticos: el caso de la Guerra de las Galaxias

La Guerra de las Galaxias tiene un interesante análisis del auge y caída de los sistemas políticos, tanto democráticos como autoritarios.

Lo cierto es que nunca he sido demasiado fan de la Guerra de las Galaxias, pero como es la segunda propiedad intelectual más valiosa del mundo de la industria cultural (detrás de Marvel) recientemente he estado prestándole cada vez más atención a su mensaje. Y resulta que, debajo de los héroes y las batallas a sables de luz y de naves espaciales, hay una historia que tiene mucha enjundia a nivel sociológico, sobre los procesos de auge y caída primero de la República y después del Imperio. George Lucas ya dijo hace mucho que la Guerra de las Galaxias era política (de hecho, especialmente el Episodio VI, explícitamente era en su mente una comparación con la situación de Vietnam) y los paralelismos entre la caída de este sistema y la caída de la República Romana y su transformación en el Imperio, el auge de los gobiernos autoritarios y dictatoriales a manos de populistas como Mussolini o incluso los totalitarios como el ascenso de Hitler dentro de su propia democracia son demasiado claros como para que sean casualidad.

Estos procesos normalmente son difíciles de ilustrar porque requieren a grandes masas de personas y dinámicas durante años pero, al tener lugar en pantalla, resulta fácil de seguir al quedar personificado en los protagonistas y los años condensados en unas cuantas escenas. Así que agarrad vuestra espada láser, ajustaros los cascos de piloto y preparad todo lo necesario para viajar a una galaxia muy muy lejana.

Primer acto: Decadencia de la República

El Senado Galáctico es la institución central en el sistema político de la República.

La situación antes del comienzo de la primera película es la de una República plagada de problemas. Ha sido el sistema de gobierno de la galaxia durante siglos, después del final de las guerras sith en tiempos de la Antigua República, y ha perdido todo su vigor y se ha estancado. El sistema político de la República se basa en tres instituciones diferentes en un complejo equilibrio, que no son las tres instituciones tradicionales de la división de poderes democrática establecida en tiempos de la Ilustración.

La principal de estas instituciones, la que se asocia con la República en si misma, es el Senado Galáctico. El Senado es a todos los efectos el gobierno, combinando poderes legislativos con poderes ejecutivos, ya que es desde el Senado desde donde se escoge al Canciller Supremo que ejerce el gobierno (similar al caso de los sistemas representativos en democracias modernas como la española). Pero a finales de la República, el puesto de Canciller ha perdido casi todo su poder, es una figura prácticamente simbólica enfangada en una complicada red de políticas e intereses cruzados y atada por una vasta burocracia.

Con un asiento en el Senado, lo siguiente que tenemos son los distintos grupos con poder, la mayoría de los cuales representan a los distintos planetas. Y es que el sistema de la República está enormemente descentralizado, basado en una gran autonomía de los elementos que lo integran. Cada planeta tiene sus propias tradiciones, estructuras de gobierno, leyes e intereses y, como dice Palpatine en el Episodio II, “han dejado de perseguir el bien común”. Pero no solo eso, sino que su enorme diversidad se basa en sistemas que a menudo no son democráticos: Naboo tiene un Senador (Palpatine) pero está gobernado por una Reina electa (Padme Amidala), Chandrila tiene una Senadora (Mon Mothma) escogida a los 15 años con un cargo básicamente vitalicio y un matrimonio arreglado por motivos tradiocionales/religiosos, Alderaan está gobernado por casas nobiliarias en conflicto y su Senador es el líder de una de ellas (Bail Organa) e incluso agrupaciones como la Federación de Comercio tienen asiento propio. Sistemas políticos distintos, religiones y tradiciones diferentes, y una visión donde se centran en sus intereses son poderosas fuerzas centrífugas que enfangan el Senado en sus trabajos continuamente, buscando equilibrios entre los intereses particulares. Y, a medida que se aproxima la caída de la República, los intereses específicos de cada uno de esos actores va a anteponerse a los del conjunto y van a dejar de apoyarse en los demás para defender los intereses republicanos, para discutir en comités y delegaciones por cosas pequeñas, particulares y egoístas.

La tercera de las instituciones son los jedi, los guardianes de la paz. En cierta medida actuan como embajadores y diplomáticos internos, pero también como una especie de policía federal que resuelve crimenes y problemas de gran importancia. Gobernados por el Consejo, los jedi están aferrados a una forma ritualística de comportarse, a no mezclarse en política ni a sentir de modo alguno. Cualquier vínculo y empatía es visto como un camino al Lado Oscuro (incluso a Anakin, siendo un niño pequeño, le dicen que su apego por su madre es un camino al Lado Oscuro, en el Episodio I) alejándolos de la realidad de los mundos y los habitantes sobre los que tienen jurisprudencia. Tan encerrados en sus estructuras de poder están que, en Tales of the Jedi, vemos que Mace Windu consigue su puesto en el Consejo a base de seguir ciegamente las órdenes del mismo, incluso cuando Dooku le está diciendo que hay un crímen más grave que resolver (y, de hecho, existe y lo resuelve). Pero lo que importa es la obediencia a la estructura nobiliaria de la Orden, no pensar por uno mismo e imaginar sus propios caminos, algo que cada vez ocurre menos en la orden como muestran esos episodios literalmente. Una orden que, además, tiene demasiados pocos integrantes para el enorme tamaño de la República, de modo que los jedi tienen que priorizar ciertos casos e ignorar otros, volviéndoles ciegos a los problemas cotidianos de la población.

A estas instituciones se les antepone un problema que cada vez son menos capaces de manejar: la enormidad de la Galaxia. Organizada en sectores en base a su proximidad a Coruscant y el centro galáctico, la fuerza de la República va decreciendo constantemente a medida que nos alejamos de allí, hasta llegar a tener una presencia mínima fuera. Esto hace que un enorme trozo del Borde Exterior sea la zona corporativa, controlada por grandes compañías que dirigen la colonización local. Otra parte es el territorio Hutt, con sus importantes sindicatos criminales. Pero, sobretodo, lo que tenemos son planetas sin representación senatorial, donde no hay presencia ni gobierno de ninguna clase de la República que no le importa ni tiene los recursos para gestionar. Es el caso de Tatooine, como menciona la madre de Anakin en el Episodio I, donde la República no tiene presencia, o el caso de Kenari, el planeta natal de Andor que vemos en su serie que ha sido explotado salvajemente por sus minerales sin importar cosas como la ecología o los habitantes locales. La República tiene altos ideales del valor de la vida y la democracia, pero estos se van perdiendo a medida que uno se va alejando del centro galáctico y la presencia republicana se ve mermada cada vez más. Puede que la esclavitud esté prohibida en la República, pero sigue existiendo en el Borde Exterior donde la civilización apenas llega y no hay recursos para garantizarla, como vemos en Tattooine. La galaxia es demasiado grande y tiene demasiados planetas y habitantes distintos como para poder ser gestionada desde un único centro distante y carente de recursos necesarios para funcionar.

El resultado de todo esto es que, a finales del periodo republicano, el gobierno está asediado por problemas estructurales heredados de una pérdida de la visión que les había dirigido antes. En los capítulos de Dooku de Tales of the Jedi vemos como los Senadores abusan de sus poderes sobre sus propios planetas en un esquema de creciente corrupción, saqueando sus recursos para su propio beneficio. Una corrupción que está empobreciendo planetas y sectores enteros, haciendo que surja un creciente malestar entre la población planetaria que los Jedi, centrados en las cosas grandes e importantes y lejanos a la vida real de la gente, no ven. Persiguen conspiraciones y asesinatos, en lugar de enfrentarse a la creciente desafección ciudadana y la desconexión entre las instituciones y la realidad de la población. Un hecho que Ahsoka Tano refleja perfectamente cuando está haciendo de profesora en Clone Wars.

Un gobierno que flaquea, que cada vez causa más problemas y está asediado por poderosas fuerzas centrífugas que buscan romperlo es un gobierno que no lo sabe pero está en profunda crisis. El desapego creciente de la ciudadanía supone una pérdida insuperable (en este caso) de legitimidad, a medida que los ciudadanos van dejando de lado su fe en el sistema. La legitimidad republicana, basada en la justicia de las leyes, la tradición histórica y los principios democráticos, se ve cada vez más debilitada a medida que la justicia es sustituida por los intereses de las élites, la tradición se vuelve estancamiento y la democracia cae en la corrupción. Si bien las películas mostrarán todo a través de los protagonistas, la realidad es que si el guión lo hubiese escrito Asimov como parte de su saga de Fundación, mostraría claramente cómo todo es consecuencia de las enormes fuerzas sociales que están llevando a la República más allá del abismo. Dan igual Palpatine, Yoda y Anakin, la República hubiese caído de todas formas porque las razones de su caída no son un plan de un malvado sith, las razones de la caída de la República son la falta de legitimidad y un sistema político que no funciona, errores estructurales que Palpatine aprovechará y explotará para destruirla.

Segundo acto: Caída de la República Galáctica

El cambio del sistema, con el colapso de la República y el auge del Imperio, es el centro de la trilogía que va del Episodio I al III, así como de Clone Wars. El núcleo de esa historia es, por supuesto, un malvado plan de Palpatine que hace algo para lo cual los jedi no están preparados. Los jedi esperaban que el regreso de los lords sith fuese una guerra abierta como pasó en tiempos de la Antigua República, pero Palpatine en lugar de eso destruye la República desde dentro, oculto e invisible a plena vista. Coge todas las dinámicas sociales ya presentes, las exacerba y las usa para derribar un sistema que ya estaba herido de muerte desde antes de que él entrase en escena.

El comienzo del fin es con un conflicto sobre impuestos en el planeta Naboo. Los jedi intentan mediar entre el gobierno local y la Federación Comercial pero no lo consiguen. Y, cuando le presentan los descubrimientos realizados al Senado, este decide convocar una comisión burocrática para investigar lo ocurrido, enfangándose a si mismo como podemos suponer que hace con frecuencia ante cualquier conflicto, por urgente que sea como en este caso, bajo la presión de la Federación de Comercio. Esto lleva a que Amidala solicite una moción de confianza contra el Canciller Valorum y que el Senado sea completamenet incapaz de gestionar ya el gobierno eficaz de la Galaxia y se quede de brazos cruzados mientras Naboo es invadido por la Federación.

Al fin y al cabo, siendo un planeta del Borde Exterior, a nadie le importa demasiado lo que ocurre en Naboo. Precisamente esa distancia es la que permite que Palpatine, el Senador de Naboo, pase desapercibido a todo el mundo y aproveche toda esta situación que él ha orquestado para acabar siendo nombrado Canciller en sustitución de Valorum. Pero la clave de este ascenso es que Palpatine no llega a ese poder por si mismo, sino que orquesta un conflicto manipulando a la Federación de Comercio que va a explotar porque las instituciones republicanas no funcionan ya como deberían.

Pero el colapso de la República comienza de verdad en el Episodio II. Guiados por Dooku, la Federación de Comercio se transforma en una nueva clase de amenaza: los Separatistas. Y lo que estos buscan es destruir activamente la República, dividirla y romperla. Esto es lo que los jedi esperan de los sith, una amenaza exterior y una guerra, de modo que a medida que van descubriendo la mano de Dooku en esto, es sencillo para ellos asumir que él es el verdadero Sith y por tanto esta es una guerra como tantas otras. Pero esta guerra es solo la consecuencia estructural de una República que no funciona. Como dice Padme ante el Senado en Clone Wars, la República ha dejado de proporcionar recursos y servicios públicos a la ciudadanía y estos recursos quieren ser redirigidos hacia el ejército que se quiere construir para enfrentarse a los Separatistas. La República ha perdido del todo su foco, lo que la hacía fuerte: la aprobación de la ciudadanía, la legitimidad.

Que los Separatistas se alcen solo es una consecuencia natural de la situación. Con una República demasiado grande y demasiado diversa, con actores muy poderosos y con muchos recursos que no obtienen suficiente del gobierno central, la tendencia a la separación es muy fuerte. La mano de Dooku no es relevante más allá de ser el personaje que cuenta ese proceso, porque una revolución así iba a ocurrir antes o después con un sistema político ineficaz e ilegítimo. Es un punto donde la tensión entre permanecer juntos y separarse, con los incentivos para cada una de las dos caras, se ha terminado de inclinar hacia el otro lado; y un espacio donde emociones y sentimientos de afecto no se vuelcan hacia un sistema visto como distante y al que no le importas, sino que se vuelven a las comunidades locales como los propios planetas.

Pero una guerra cambia eso, rápidamente. Cuando surge un enemigo exterior, supone un fuerte incentivo en la dirección opuesta, la de unirse contra ese enemigo. Es lo que lleva a la unión de las colonias que formarían Estados Unidos contra el Imperio Británico, por ejemplo. Pero esta unión se hace bajo uno de los elementos centrales de toda esta historia: el miedo. El miedo lleva al Lado Oscuro y, en términos sociales, lleva al colapso de la República y su transformación en el Imperio; en el lado opuesto, la esperanza lleva al Lado Luminoso y eventualmente llevará a la caída del Imperio y la restauración de la Nueva República. Miedo y esperanza son dos de las más poderosas emociones sociales en términos políticos y es muy frecuente verlas utilizadas por distintos partidos en sus mensajes: desde el discurso del miedo, del vienen los inmigrantes a robarnos el trabajo, típico de la derecha (Vox por ejemplo) al discurso del podemos cambiar las cosas a mejor típico de la izquierda (Podemos por ejemplo).

Para articular este miedo y transformar el gobierno republicano, Palpatine se imbuye de una posición clásica del populismo: defender respuestas sencillas a problemas complejos. Los problemas estructurales de la República (en muchos sentidos parejos a los nuestros en la actualidad) se derivan de la escala, de los problemas internos de una democracia representativa, de la gestión de la diversidad y la corrupción, del distanciamiento de la población y la pérdida de legitimidad. Nada de eso tiene una solución sencilla, requiere tiempo, educación, numerosas políticas, cambios estructurales… Pero Palpatine utiliza ese miedo como una herramienta para difundir ese mensaje que sirva para movilizar a la población y conseguir un apoyo popular que le permita ascender: la guerra. Esta no soluciona los problemas de la diversidad o la falta de legitimidad, pero permite que todos los discursos y debates en torno a ellos desaparezcan, siendo sustituidos por el monotema del progreso y retroceso de los frentes de batalla.

El miedo actua como un aglutinador, une a una población dispersa y dividida, contra un enemigo común. Y lo hace en medio de una guerra que, debido a la escala de poder de los Separatistas, requiere una acción potente por parte de una República que no tiene un ejército en condiciones debido a que no hay nadie con quien usarlo (no hay otros imperios o repúblicas en la galaxia). Entran aquí los clones, la respuesta militar de un ejército preparado para luchar contra los droides. Y, con ellos, la subversión de la Orden jedi, que pasa de ser los defensores de la paz a ser los generales en un frente militar activo, de protectores a guerreros. Algo para lo cual no estaban entrenados ni preparados y que les consume todos los recursos a su disposición, cegándolos del todo al resto de amenazas. No en vano, llegará un momento durante Clone Wars en que Yoda dirá “este no es el camino correcto, es el único camino”, porque literalmente la ceguera les habrá hecho pasar de largo en los puntos en que podrían haberse parado y cambiado sus acciones para evitar la escalada: la principal de las cuales era aumentar su conexión con la población.

Y, en esta situación de crisis creciente, Palpatine comienza activamente a subvertir el sistema, manipulando a Jar Jar para que proponga concederle poderes de emergencia temporales. Este es el plan de Palpatine, él ha sido el arquitecto de una crisis que sirve para lo que él quiere porque conoce bien el sistema, sabe cómo va a reaccionar y entiende perfectamente donde están sus puntos vulnerables. La debilidad del gobierno central, el peso de la corrupción y la inacción, la enorme burocracia… todo ello hace del Canciller un puesto meramente simbólico y cuando debe actuar para guiar una crisis fuerte es incapaz de hacerlo, pero tiene los precedentes necesarios para justificar dotar a ese cargo de poderes adicionales. Y lentamente irá transformando a la República en otra cosa, a lo largo de las Guerras Clon. Es una historia muy parecida al ascenso de Hitler en Alemania (elegido democráticamente en respuesta al miedo a los comunistas), de Musolini en Italia (aupado por un movimiento popular) o incluso de Cesar en Roma (nombrado dictador en respuesta a las crisis y su gestión de las mismas, en especial en la Galia). Por supuesto, Palpatine muestra su renuencia a aceptar esos poderes y que es algo solo temporal por su gran amor a la democracia, pero lo que importa es que su ascenso se hace entre la aclamación de todos los presentes. No es un golpe de mano o una argucia compleja, es el miedo de una República ante la amenaza de los Separatistas y la promesa de que alguien puede salvarla, alguien puede ser su héroe, una postura clásica del populismo.

A partir de entonces, lo que vemos durante las Guerras Clon es una lenta transformación progresiva del sistema. Palpatine irá usando el conflicto externo como motivador del miedo de los senadores a la pérdida de sus posiciones de prestigio y poder, y alimentando ese miedo irá transformando la posición de Canciller de una meramente simbólica a una oficina que cada vez tiene más poderes. Por ejemplo, durante Clone Wars, le vemos tomar el control del Clan Bancario con un discurso muy parecido al de los poderes de excepción, aupado por la colaboración de parte de los bancos con los Separatistas. De nuevo se hace el renuente pero “las necesidades especiales de la situación le fuerzan a ello”, concentrando con ello más poderes en sus manos. Y son los bancos mismos los que le entregan ese poder.

Mientras tanto, toda la República se va militarizando. El presupuesto militar aumenta, el despliegue de tropas en los teatros en conflicto anima un discurso donde la República es buena y es atacada por los malos separatistas que no encaja con una realidad mucho más compleja donde a menudo los planetas ven a la República igual de mal o peor que a los Separatistas, como a menudo se muestra en Clone Wars. Los jedi terminan de perder su neutralidad política como garantes de la paz para acabar dirigiendo los ejércitos al servicio de un lord sith, aunque no lo sepan, luchando contra otro. Y en el camino salen más y más remesas de clones y la arquitectura de Coruscant y sus lugares se va transformando, mostrando imagenes glorificadas de los clones, de los héroes de guerra y de los sacrificios que hay que hacer para mantener lo que se ha conseguido.

En ningún lugar es esto tan visible como en la historia de Ahsoka, cuando la incriminan por un crimen que no ha cometido. El Consejo jedi sabe que no es culpable, o lo sospechan al menos, pero enfangados en una política en la que no saben moverse, acaban entregándola a los tribunales republicanos y quitándole el rango de jedi. Y cuando vemos los tribunales, toda la escena tiene la arquitectura de las prisiones imperiales, en negro e iluminado en blanco, hasta el punto de que el que actúa como fiscal en el caso es Tarkin, un cargo militar, no un abogado y el presidente del tribunal es Palpatine en lugar de un juez independiente. El ejército, que tenía poca importancia en tiempos pasados, se ha ido infiltrando en todas las instituciones para garantizar su control de las mismas, aupado por el temor y los sacrificios que impone la guerra. La República evoluciona hacia un estado policial y de vigilancia constante, similar al de la Alemania del Este. Y aun cuando se descubre a la verdadera artífice de los crimenes que se le imputan a Ahsoka y ella confiesa, sus motivaciones son correctas y todo lo que denuncia con el atentado es el modo en que realmente los jedi han terminado por perder todo lo que una vez habían significado.

Esta lenta transformación a lo largo de los años va dotando a Palpatine y su ejército de la legitimación de la que la República carecía, y con ella el apoyo y aclamo popular. Ha seguido los procesos democráticos para llegar a la Cancillería pero para subvertirla desde dentro lo que hace es tener lo que no tiene la República: eficacia. Ante una crisis sin precedentes, él está manejándola de un modo eficaz y exitoso, garantizando lentamente la derrota de los Separatistas. ¿Qué es perder unos pocos derechos a cambio de seguridad y orden? Una cuestión que será el centro dentro de poco tiempo pero que empieza a fundamentarse en todo este proceso. Porque, con cada poder que arrebata Palpatine, como el control de los bancos, lo que hace es conseguir éxitos en el campo de batalla y argumentar que solo roba esos poderes temporalmente para mejorar la vida de la gente; quitamos la independencia bancaria, que estaba financiando a los Separatistas, para con ello conseguir sufragar la defensa de la República y el bienestar de la ciudadanía. Esto cimentará el centro de su mandato en un principio central de legitimidad: la de un gobierno eficaz, mucho más cercano además a la gente.

El golpe de gracia llega en el Episodio III cuando Grievous lanza la invasión a Coruscant. La crisis alcanza su momento álgido cuando la propia capital es atacada. A estas alturas, la subversión de las instituciones se ha completado, ya tiene el control de un Estado policial y militarizado, dominado por el miedo, y sobre una base de legitimidad adecuada. Aunque aún no es oficial, el Imperio ya existe de facto en el funcionamiento real de una República donde el Senado actua ya prácticamente solo para aplaudir las proclamas de Palpatine y el ejército y las fuerzas de seguridad han usado el miedo para auparse en el control de las instituciones. No en vano, cuando Windu le confronte, Palpatine le dirá a su cara: “yo soy el Senado”.

Pero queda un último escollo que solucionar: la independencia de los jedi. Y allí llega el giro final, con la subversión de la mente de los clones para que ejecuten la Orden 66 y maten a sus generales a traición. Aunque algunos escapen a la masacre, lo que importa es que se ven obligados a abandonar el Templo en Coruscant y, con eso, su imagen pública queda a merced de sus enemigos. Rápidamente la culpa de todos los males de la República caerá sobre ellos, convertidos en la causa de la corrupción de la misma; con ello se justifica la destrucción de la institución independiente que servía de contrapeso al poder omnímodo del Senado y de su nuevo Canciller Supremo.

Lo cual deja en manos de Palpatine el último gesto, ya de cara a la galería, cuando anuncia la transformación de la República en el Primer Imperio Galáctico. Y lo hace en el Senado, rodeado de la aprobación de unos senadores que han visto que Palpatine ha solucionado la crisis, ha derrotado al enemigo exterior e interior y ofrece un gobierno de eficacia que garantizará sus privilegios. Como dice Padme en esa misma escena: “así muere la libertad, con un estruendoso aplauso”.

Tercer acto: Ascenso del Imperio

La vida del Imperio, sin embargo, sería breve, como suele ocurrir con la mayoría de las dictaduras. Lo que en este tiempo ocurre no aparece en las grandes películas sino que se junta a base de trozos de aquí y allí que van contando las grandes transformaciones que van teniendo lugar, pero en última instancia son la continuación de la tendencia que llevó a establecer el Imperio. Durante 19 años, hasta la batalla de Yavin en el Episodio IV, estas tendencias van a ir lentamente transformando la Galaxia en un sistema autoritario de manual.

El centro de todo esto es la nueva legitimidad sobre la que se cimenta el sistema. La historia y tradición, la justicia y la democracia, que sostenían la República, no sirven para sostener un Imperio que es de reciente creación. De manera que lo que va a ocurrir es que el Emperador cimente su legitimidad en la herramienta que le trajo hasta aquí: la eficacia una vez más, sostenida sobre el miedo. Reformas económicas y políticas van reduciendo cada vez más la independencia planetaria y sus posibilidades de autogobierno, reduciendo las tendencias centrífugas bajo el peso de la burocracia imperial. En lugar de Senadores y gobiernos locales surgen las figuras de los gobernadores planetarios (imperiales) bajo el mandato y autoridad de los Moff que gobiernan sectores enteros. Es una estructura quasi-feudal centrada en la competencia interna continua por medrar, un darwinismo social donde los más fuertes y capaces crecen masacrando a sus rivales.

La sede central del ISB, llena de ambiciosos pero eficaces oficiales imperiales de contrainteligencia.

Esto crea una estructura llena de gente competente en sus labores (a diferencia de como a menudo se representa al Imperio) pero donde la lealtad no es un valor importante, sustituido por la ambición. Se ve especialmente bien en toda la trama de Dedra Meero en Andor, donde tenemos una oficial extremadamente capaz pero que para trepar lo hace en continua competición con quienes deberían ser sus compañeros. Nada de la hermandad de los clones o la moral de los jedis, las instituciones imperiales se basan en la obediencia y la competición, siguiendo el esquema y filosofía sith.

Precisamente esto da pie al segundo foco de cambios, el conflicto entre seguridad y orden de un lado, y libertad y derechos del otro. Hemos tenido fuertes debates en torno a esto en el mundo real, como por ejemplo con la Patriot Act de Bush tras el 11-S, y la Guerra de las Galaxias la usa brutalmente para mostrar la cantidad de cosas que la gente está dispuesta a sacrificar para garantizar su seguridad, paz y prosperidad. Mon Mothma en Andor es nuestro mejor vistazo a este proceso, mostrando claramente cómo el Imperio tiene un enorme apoyo entre las élites y mundos de la zona central y en buena parte de la zona media. En sus conversaciones en cenas de alta sociedad vemos a otros altos dignatarios justificar y aceptar fácilmente la pérdida de libertades y los abusos imperiales, justificadas por la paz y orden que el Emperador ha traído a la Galaxia tras el caos de las Guerras Clon y las continuas faltas e ineficacias del Senado Republicano. El Emperador no solo fue aclamado en el momento de su ascenso, sino que es apoyado por una enorme parte de la población del Imperio, que está dispuesta a luchar como Storm Troopers o a pilotar TIE y otras naves porque creen en la misión del Imperio (Siril Karn, en Andor, refleja esto perfectamente, pero incluso hay que recordar que Luke Skywalker quería ser piloto en la Academia Imperial).

Esta legitimidad se basa en la prolongación de la eficacia y el miedo, que sostiene la creciente abolición de instituciones que existían antes. Los gobernadores planetarios sustituyen a los autogobiernos, como vimos antes, y el Senado lentamente va convirtiéndose en una sala donde no se hace nada, se escuchan discursos vacíos y se sigue aplaudiendo al Emperador. Lo vemos de nuevo a través de Mon Mothma en Andor, que muestra un Senado Imperial al que no le preocupan las barbaries y se encuentra ya cada vez menos activo y con menos asistentes. Los Senadores siguen teniendo poder pero es meramente simbólico, como representantes reconocibles y reconocidos de sus correspondientes planetas. No en vano en el Episodio IV y en Obi Wan se menciona el peligro que supone tener cautiva a Leia por el daño a la imagen pública que puede suponer. El Senado Imperial no toma decisiones, la burocracia imperial es independiente y el Emperador no asiste, pero sigue teniendo una importante proyección mediática y sus Senadores siguen siendo figuras de gran relevancia pública. Hasta la disolución del mismo durante el Episodio IV, cuando el Imperio ya no ve necesario mantenerlo.

La judicatura también se ve subvertida en Andor, desapareciendo del todo la independencia judicial (que ya vimos dañada en la trama de Ahsoka) para ser reducida a jueces que aplican leyes abusivas sin que les importe nada, ya que el hecho de resistirse a un juicio es en si mismo un delito. La esclavitud, que ya existía en tiempos republicanos pero se suponía que había desaparecido (Padme habla de ella en el Episodio I cuando conoce a la familia de Anakin) es ampliada enormemente bajo un sistema penal que crea mano de obra barata y fácil de reponer (algo muy real en países como Estados Unidos actualmente, donde en las ultimas elecciones de midterm Louisiana por ejemplo votó “no” a abolir la esclavitud) y sería esta mano de obra la que construiría gran parte de la enorme maquinaria e infrastructura que cimentaría el ejército imperial.

Porque el ejército republicano, una vez cumplida su función, es demasiado caro. En Bad Batch vemos la destrucción de Kamino y, con él, las posibilidades de un nuevo ejército clon. Pero más allá, tanto en Andor como en Jedi: Fallen Order vemos que surge toda una nueva industria con sus puestos de trabajo y sueldos dedicada a desmantelar las viejas naves de combate y reutilizar sus componentes y elementos en las nuevas naves imperiales. Nemik lo dice expresamente en Andor, cuando habla de cómo el Imperio ha hecho que muchas tecnologías bien conocidas sean olvidadas a drede para sacar nuevas versiones peores y más fáciles de controlar por el Imperio, volviendo a la gente más dependiente de esas tecnologías al no ser capaces de hacerlas por si mismos.

La armada imperial no es la única parte del ejército que se ve potenciada en este periodo. Vemos el surgimiento de las tropas de tierra, los grupos de control locales como las guarniciones imperiales, el desarrollo de instituciones de policía interna y política como el ISB (la oficina de contrainteligencia y vigilancia imperial, muy similar al FBI o la NSA y agencias similares). E incluso se usan drones de seguridad para complementar estas fuerzas allá donde hace falta. El resultado es que todo el aparataje de vigilancia y control, que diría Foucault, se consolida y fortalece para buscar a cualquier disidente, lo cual incluye a los Inquisidores enviados a cazar a los jedi que sobrevivieron a la Orden 66, bajo mando del Gran Inquisidor y Darth Vader, como vimos en Obi Wan, Rebels y Jedi: Fallen Order.

Pero el Imperio no hace todo esto de golpe, sino que lo hace de modo lento y progresivo, dejando que la sociedad se vaya adaptando paso a paso y no se de cuenta de lo que va perdiendo. Maarva lo dice al final de Andor, cuando cuenta cómo todos siguieron viviendo sus vidas con normalidad pese a los derechos que se iban perdiendo, porque se tenían unos a otros en la comunidad y eso era suficiente. Incluso en amplias zonas del Borde Exterior, por ejemplo, la autoridad no la ejerce el Imperio en si mismo, sino otras autoridades delegadas como las corporaciones en Andor, o los criminales como Jabba en Tatooine. El Imperio aprovecha los errores de esos gobiernos locales para ir usurpando sus poderes paso a paso, así pierde su independencia el sector de Morlana, después de un caso que permite que el ISB suplante el poder local por la autoridad imperial. Pero no lo hace de golpe e incluso el Senado Imperial perdura casi 20 años antes de ser abolido.

No hay un momento en que se tienen derechos y otro en que no, sino que se van perdiendo lentamente, de modo invisible, mientras se acepta su sacrificio en nombre de la paz y el orden. Sobre la base de esa legitimidad basada en la eficacia y la seguridad, se va perdiendo cada elemento poco a poco a lo largo de los años, manteniendo a la gente inconsciente de su avance: como dice Maarva, “el Imperio es una enfermedad que crece en la oscuridad […] estábamos dormidos”. Esto permite que, si bien el poder duro esté siempre ahí, la mayor parte del tiempo el Imperio no tiene que usarlo, la gente acepta voluntariamente la situación y no se rebela al respecto. Ese es el poder de la legitimidad y el biopoder de Foucault, que garantiza una paz basada en el control de los deseos y la vida de la gente, no por medio del castigo. Mundo Feliz en lugar de 1984.

El centro de la trama que lleva a cambiar eso, en Andor, es hacer visible lo que es invisible. El golpe de la mini-rebelión en Aldhani no va de obtener dinero, sino de forzar al Imperio a dar un golpe sobre la mesa que haga visible su poder y la amenaza que hay en él. Como le dice Luthen a Mon Mothma, necesitan el sufrimiento de la gente, el abuso de poder del Imperio, para hacer visible lo que se ha ido perdiendo y alimentar la rebelión. Nadie se quiere rebelar contra un gobierno legítimo, eficaz y justo, hay que exponer la monstruosidad que se oculta tras las máscara, aunque implique una enorme cantidad de sufrimiento para mucha gente. Hace falta unas Madres de la Plaza de Mayo o un Tiananmen para visibilizar los abusos de un sistema, una chica muerta en Irán o un hombre autoinmolado en Túnez.

Y ahí yace una de las claves del final de la epoca dorada imperial como la de cualquier dictadura: que la respuesta a la amenaza se hace con la fuerza, no con la diplomacia, no con la legitimidad.

Cuarto acto: Caída del Imperio

La caída del Imperio es un proceso que dura casi tantos años como el Imperio mismo. Y se basa en la creciente pérdida de legitimación ante sus propios ciudadanos debido al creciente descontento, principalmente del Borde Exterior donde la presencia y poderío imperiales son menores y los abusos mayores. Son los más oprimidos los primeros en alzarse y dar refugio a las primeras células “rebeldes” dispersas y desorganizadas, cada una en su propia lucha como vimos desde Rebels a Andor (y, probablemente, veamos en mayor profundidad cuando salga su segunda temporada).

La idea central de la caída del Imperio es que su legitimidad se encuentra en entredicho. Desaparecida la amenaza exterior con la que se cimentó, los Separatistas, su capacidad para unir a una población va disminuyendo y los sacrificios que se pueden exigir para “protegerles” también. Mientras el Imperio es capaz de mantener la pátina de lentitud y progresiva pérdida de derechos sin que te des cuenta, las cosas se mantienen mayoritariamente estables, en especial por el claro apoyo de las mayorías humanas y de los planetas más importantes y centrales de la Galaxia.

Pero esto solo se puede sostener durante cierto tiempo, porque sin amenaza exterior es cada vez más difícil mantener el poder duro. Ya lo dice Nemik en su manifiesto, “la tiranía requiere esfuerzo constante porque es antinatural […] la opresión es la máscara del miedo“. El miedo alimenta el Lado Oscuro y al Imperio, pero es en si mismo una debilidad y si la gente lo intenta cambiar, entonces se abre la puerta a la esperanza y el Lado Luminoso. De modo que, a medida que desaparece la amenaza exterior, cada vez es más complicado justificar las medidas cada vez más dramáticas que hay que tomar para mantener el control y cada una de estas alimenta la resistencia que pretende combatir.

Y cuando eso se hace visible, entonces la máscara desaparece y la legitimidad cae. Basta Aldhani para dar la idea de esperanza en corazones como el de Maarva, porque muestra que toda la enorme masividad del Imperio es frágil, tiene huecos y fallas. Cualquier dictadura quiere aparentar ser incontestable, desde la arquitectura brutalista soviética o nazi al Imperio Galáctico, pero la realidad es que solo pueden mantener el poder mientras la población lo acepte, mientras sean legítimos. Sino, el cambio social vendrá y la tensión crecerá paso a paso hasta que sea insostenible. Ningún sistema ha perdurado en la historia ante el rechazo continuo y sostenido de su propia población, esta no es una excepción. Cuanto más se recurre a la fuerza para acallar un problema, más se enquista y más se refuerza la resistencia al mismo, como vimos por ejemplo durante todo el conflicto independentista catalán.

Al principio no hay una única rebelión, sino que “cada uno lleva su propia rebelión interior”, como dice Vel en Andor. El descontento es una experiencia inicialmente individual, cuando el sistema ha afrentado de un modo u otro a algunos de sus ciudadanos. Pero siguen dormidos, en términos de Maarva, en su inmensa mayoría, aceptando el sistema como es. Estos individuos inconformes se van uniendo con otros que también se oponen al sistema desde distintos puntos: separatistas, nuevos republicanos, particionistas, etc. No hay una gran Alianza Rebelde hasta tiempo después, aglutinando esas distintas corrientes en un mismo seno.

A medida que crece la tensión, la respuesta del Imperio es aprovechar para aumentar su control y su presión, buscando aplastar la disidencia bajo el miedo a las consecuencias. Esto llevará a la construcción de la Estrella de la Muerte, no porque sea un arma militar necesaria (no hay un rival militar real) sino porque instaurará el miedo en todos los corazones, una vez perdida la legitimidad. Expuesta la dictadura por lo que es, lo único que le queda es aplastar la idea de la disidencia. Pero, como Leia le dice a Tarkin “cuanto más aprietes el puño, más sistemas estelares se te escapan”. Matar brutalmente a un disidente manda un mensaje de miedo, pero al mismo tiempo muestra la vulnerabilidad del poder, e inicia un ciclo de dolor que aumentará la visibilidad de la brutalidad y alimentará la resistencia. Como le dice Andor a Kino Loy “el poder no entra en pánico”, y aplastar a la gente brutalmente no es un acto de poder sino de pánico que todo el mundo puede ver y constatar. Es la forma en que se hace patente que el Rey está desnudo.

El plan además sale mal, la Estrella de la Muerte es destruida y con ella varios altos mandatarios del gobierno imperial, con el Gran Moff Tarkin el primero. Más importante que la destrucción en si, es el mensaje que envía: el Imperio estaba dispuesto a destruir sistemas estelares para mantener el control pero incluso su super-arma ha sido destruida. Esperanza, al fin y al cabo, en el cambio sistémico. En el paso de los años entre el Episodio IV y el VI, la mayor parte de la historia de la Rebelión como tal, lo que vemos es que nuevas razas y facciones se van uniendo a la Alianza después de esta victoria, como los Mon Calamari que inicialmente eran neutrales. Los grupos dispersos y divididos dejan de lado sus diferencias y se unen contra el enemigo mayor pese a sus disensiones internas, y la imagen pública del Imperio cada vez se debilita más.

En buena parte, esto se debe a que el Imperio ha caído en el mismo estancamiento que había hundido a la República. El totalitarismo nazi se basaba en la continua movilización y actividad, las dictaduras más tradicionales a la presión del enemigo exterior y su amenaza… desaparecidas ambas, el Imperio no tiene ningún sitio al que ir, no hay una agenda o un objetivo a alcanzar, de modo que no hay razón para la movilización o la actividad. Es un estancamiento distinto al de la República porque no se basa en el lento declive y parálisis debido a antiguas tradiciones obsoletas, sino a la directa falta de algo hacia lo que avanzar: el Imperio tiene energía, lo que no tiene es una meta. Es algo que ocurre a menudo con las dictaduras y movimientos de extrema derecha, que se caracterizan por su oposición a algo que se percibe como una amenaza a su identidad (normalmente el cambio y la modernidad) pero no son propositivos, no tienen una agenda de cosas que quieren conseguir más allá de darle marcha atrás al reloj y volver a como eran las cosas antes… “Make America great again” era el slogan de Trump, no dice nada de lo que se quiere conseguir o cómo/cuándo era Estados Unidos grande, solo nos dice que hay que volver atrás en el tiempo. El Imperio intenta convertir a la Rebelión en esa amenaza exterior que sirva como nuevo objetivo para la movilización, pero reconocer una amenaza exterior a la seguridad es precisamente dañar su propia legitimidad, basada en que traía paz y orden de modo eficaz. Al hacerlo, lanzan piedras contra su propio tejado en una jugada que, repitiendo lo ocurrido con los Separatistas, no hace más que remarcar el estancamiento en el que ha caído el sistema imperial.

La respuesta a la destrucción de la Estrella de la Muerte es un aumento de la represión que fue lo que llevó al crecimiento de la Rebelión. Entre el Episodio IV y V el Imperio destruye la base rebelde de Yavin y ha puesto asedio a la nueva base rebelde en Hoth. Es en el Episodio V cuando vemos el terrible poder del Imperio: una máquina de guerra completamente imparable. Es cierto que un X-Wing es mejor que un TIE Fighter, pero por cada caza rebelde hay miles de cazas imperiales; la flota rebelde entera cae en la trampa del Emperador en el Epidosio VI y tiene una decena de naves capitales, mientras que las estimaciones ponen que el Imperio en esa época tenía un cuarto de millón de ellas.

Pero estos números son irrelevantes porque el Imperio siempre responde con brutalidad y eso genera miedo un tiempo. Como decía antes, alimenta al mismo tiempo a la Rebelión que busca aplastar, que se acabaría si todo ese presupuesto fuese empleado en educación, en crear crecimiento económico, etc. Como dijo Unamuno a Millán Astray durante el ascenso franquista “venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir”. El dominio por la fuerza es temporal, el dominio por la legitimidad puede ser duradero, por eso lo central es la persuasión (de ahí la enorme importancia que tiene el marketing en la actualidad).

La Segunda Estrella de la Muerte en el Episodio VI es el perfecto ejemplo del estancamiento imperial y de su fracaso como sistema político.

El ejemplo más flagrante de este estancamiento es el Episodio VI. La respuesta final del Imperio a la Rebelión es construir una nueva Estrella de la Muerte, más grande y poderosa que la anterior. No han aprendido nada, como bien señala Andor, porque no quieren o pueden aprender ya que eso implica evaluar de modo sincero lo que haces y corregir los errores, algo que el Emperador es incapaz de hacer. Todo con un plan enrevesado (y sin demasiado sentido) para hacer caer a Luke al Lado Oscuro: si Anakin en su trayectoria es una representación de la caída de la República (de un niño bueno a un asesino de niños), Luke representa el poder renovador de la esperanza y la caída del Imperio (de un don nadie en Tatooine a organizarse con más gente por una causa más grande que él mismo). Hacer caer a Luke, por tanto, simbólicamente haría caer la Rebelión, pero el resultado es que Luke convierte a Vader de vuelta a Anakin y le redime. Eso es el fracaso central de Palpatine, porque la realidad es que al final, la esperanza suele poder siempre con el miedo.

Si bien Palpatine había llegado a Emperador a base de conocer muy bien los errores del sistema precedente, el de la República, lo hizo ignorando los errores del suyo propio. Ninguna dictadura ha sobrevivido sobre la base del miedo, antes o después la tensión es demasiado grande y el sistema colapsa por si mismo. Así la dictadura española de Franco, en lugar de controlar por el miedo, lo que inició en su última fase es una suavización de sus políticas represivas y una búsqueda de una modernización económica que trajese prosperidad (la dictablanda frente a la dictadura): la ambición era legitimar el régimen. Y hasta cierto punto lo consiguió, Franco murió en una cama de hospital sin que su regimen cayese y solo con un grupo pequeño de rebeldes armados (ETA), aunque ni con eso el sistema consiguió sobrevivirle.

A lo largo de los años siguientes, la guerra asimétrica entre Imperio y rebeldes va a mantenerse hasta finalmente llevar al colapso del sistema imperial. La rebelión no triunfa por sus victorias militares sino porque lo que hace es insuflar de nuevo esperanza en la ciudadanía, restaurando con ello un proyecto de futuro. No luchan una guerra armada contra un rival abrumador, sino que retoman la lucha que el Imperio ha abandonado: la lucha por los corazones de la ciudadanía, la toma de la legitimidad sistémica. Es esto lo que eventualmente, después del Episodio VI, con el Imperio débil y vulnerable, acabará llevando al colapso del sistema.

Como ocurrió antes con la República, su caida no es consecuencia de los grandes héroes y personajes, de los Skywalker ni nada así, sino de los errores e inconsistencias internos del sistema imperial. Son sus propias fallas a la hora de legitimarse, la respuesta sistémica por medio del uso de la fuerza en vez de la persuasión y los abusos sostenidos sobre la población la que eventualmente llevan a la caída del Imperio. Lo hubiera hecho de todas formas, hubiera estado Luke de por medio o no, porque había perdido el apoyo de sus ciudadanos con el que había contado cuando se estableció.

De no ser por la pérdida de legitimidad, aun con los eventos de las películas, lo que hubiera sucedido es que al Emperador le habría sucedido otro y el sistema hubiera perdurado, como pasó con la Roma Imperial. Si seguimos la cronología hasta las abominables películas que vinieron después, lo que vemos es que de hecho hay una inercia en este sentido fuerte, que lleva al establecimiento de la Primera Orden. Son los restos del Imperio que creen que la visión del Emperador era acertada y luchan por restaurarlo, igual que hizo el Almirante Thrawn.

Quinto acto: la naturaleza del poder en el mundo real

Ha habido regímenes duros y de fuertes jerarquías que han durado mucho tiempo, el Imperio Romano por ejemplo dura siglos después de la caída de la República, pero siempre lo han hecho en un entorno donde el sistema se veía como legítimo y donde las comunicaciones eran fáciles de controlar. Cimentado sobre otras formas de legitimidad igual de válidas aunque alternativas a la democracia.

En el mundo moderno (siglos XVIII en adelante) esto es cada vez más difícil de hacer a medida que las teorías políticas han empezado a hablar de elementos clave como los derechos inalienables del ser humano. Pero no solo por el discurso, sino por la posibilidad que los medios de comunicación de la época abrieron: desde la imprenta con una sociedad cada vez más letrada a la posterior llegada del telégrafo, teléfono, radio, televisión… internet.

Para poder controlar a una persona hay que controlar la información a la que puede acceder para poder construirle una identidad que entienda su situación actual como aceptable, como legítima, como buena. Es lo que hacen las sectas, aislando a sus integrantes de los medios de información externos e incluso de sus amigos y familiares. Cuanto más aislados estamos, más sujetos somos a las fuentes de construcción de identidad (como la escuela) para que nos enseñen a aceptar un mundo concreto como inevitable y bueno.

El problema del Imperio, como el de la mayoría de las dictaduras modernas, es que no tiene ese control. Los medios de comunicación llevan ideas de un lado a otro del mundo a toda velocidad, mucho más rápido de lo que se pueden controlar y cortar: la Primavera Árabe se sustentó sobre las redes sociales, por ejemplo, y demandas potentes de cambio social desde Black Lives Matter a los movimientos de cambio en China se basan en ver algo que debería haber permanecido invisible y que se esparce por internet. Este acceso a ideas y experiencias es lo contrario al aislamiento y, cuanto más potente sea, más fácil es que la gente tenga acceso a conocimientos que les permitan llegar a conclusiones distintas a las que querría el régimen en el poder. El pensamiento crítico se nutre de estas ideas para cuestionar el ordenamiento de una sociedad y descubrir sus fallas e injusticias.

La brutalidad imperial alimenta continuamente a sus enemigos al darles una causa contra la que organizarse y luchar.

Por supuesto, esto alimenta también el miedo y los discursos reaccionarios de quienes ven en estas nuevas ideas una amenaza a la forma tradicional de vivir. Desde los movimientos de extrema derecha al Brexit, lo hemos visto una y otra vez en juego hasta el punto de que esta brecha es una de las separaciones más significativas a nivel global en términos de ideología. Cuanto más cambia el mundo, más hay gente que va a rechazar ese cambio y quieren permanecer en como eran antes las cosas, en el mundo que conocieron y en el que se criaron, o el que tienen idealizado por no haberlo vivido nunca.

Lo cual nos lleva al punto central de todo esto, que es el punto en que la Guerra de las Galaxias se equivoca a menudo. Los contenidos e historias que contamos son políticas a menudo, representan formas de pensar y sentir que afectan a la gente. Pero las rebeliones, como el colapso de un sistema democrático o imperial, no se construyen con grandes héroes y momentos épicos. Se hacen sobre el cambio de opinión de la población en general, de las masas anónimas de personas que dicen “basta”. Por cada Luke Skywalker disparando misiles a la Estrella de la Muerte hay incontables otros pilotos, personas de suministro, reclutadores, etc. que lo han hecho posible. Por cada Luthen Rael que inicia la rebelión hay millones que se organizan pasivamente, en sus lugares, siguiendo sus propias historias como ocurre en el funeral de Maarva. Los cambios sociales no los protagonizan personas con nombre y apellido que aparecen en los libros de historia, sino los millones de personas que, anónimas, les han llevado hasta allí. El cambio social es precisamente eso, social, lo realiza una sociedad como conjunto y solo así puede transformarse realmente su infrastructura, su forma de pensar y de sentir, sus instituciones.

Por todo esto, el poder no se amasa, no se tiene, no se posee. Como dice Foucault: el poder se ejerce. Pero se puede ejercer de muchas formas distintas para conseguir efectos diferentes. Si se ejerce en construir identidades y percepciones, puede llevar a sistemas profundamente injustos y que son vistos como válidos y legítimos (el caso del capitalismo contemporáneo por ejemplo), si se emplea en oprimir y aplastar genera shock y miedo que pueden mantener un sistema estable durante un tiempo a base de desarticular la sociedad, como describió Klein. Si el Imperio, en vez de en crear un potente ejército y aplastar a la población, hubiese usado su poder de modo más sutil, por medio del control de la información, la publicidad, la opinión pública… entonces, probablemente la Rebelión no habría triunfado, el sistema seguiría girando y el poder imperial habría perdurado.

Un sistema político nunca es estable cuando pierde su legitimidad. La República lo perdió cuando dejó de ser eficaz y cayó en la corrupción, el Imperio cuando transformó su eficacia en represión. Un sistema legítimo requiere un esfuerzo continuo por progresar, por avanzar, por volverse un poco más justo, más equilibrado… o, al menos, parecer que lo hace mientras mantienes a la población idiotizada con la televisión, con las cosas que pueden comprar, etc. Pero cuidado con esto porque puede ocurrir que incluso una de las franquicias más valiosas económicamente del mundo acabe teniendo un mensaje latente subversivo y que invita al pensamiento crítico, si se mira debajo de los efectos especiales, los jedi y las naves de batalla. Al fin y al cabo, como dice Fuentes en Sense8, “todo arte es político”.

Costán Sequeiros Bruna

Y tú, ¿qué opinas sobre el auge y caída de los sistemas políticos? ¿Y de cómo lo retrata la Guerra de las Galaxias?

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Feminismo en la pantalla: el caso de la Guerra de las Galaxias

Imagen con todos los personajes principales de las tres trilogías de la Guerra de las Galaxias
Analizar el mensaje feminista en el universo de la Guerra de las Galaxias requiere un viaje a través de la historia del cine.

En muchos sentidos, la Guerra de las Galaxias es un ejemplo bastante claro de mucha de la trayectoria del feminismo y cómo ha sido retratado en los medios de comunicación culturales de masas. No es una historia comprehensiva de todo lo que ha ocurrido, pero sí que refleja algunos de los puntos más o menos centrales, tanto en lo bueno como en lo malo. Y por eso (y que acabo de terminarme el Libro de Boba Fett), aquí lo he escogido como ejemplo para hablar de ese tema. Conste ya desde el principio que no voy a meterme a hablar de teorías del feminismo o sus ideas, eso ya se ha hablado en otros lugares y momentos; lo que aquí vamos a hablar es del modo en que se representan los personajes femeninos en la pantalla y cómo eso sirve para transmitir ciertos valores a la sociedad.

Pero para hablar de feminismo en la Guerra de las Galaxias hay que empezar antes de Star Wars, incluso antes de la gran pantalla. La Guerra de las Galaxias es lo que se conoce como una space opera, un subgénero de la ciencia ficción, con muchos exponentes clásicos en la historia. Si vamos hacia el origen del género, con obras como John Carter de Marte, vemos que la imagen tradicional que se da de la mujer es la de un personaje secundario, objeto de amor o deseo por parte del protagonista y sin agencia en la historia. Algo típico de los primeros años del siglo XX, al fin y al cabo esas novelas eran hijas de su época.

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Persuasión en los videojuegos: la construcción de identidades

Portada del número de la revista donde sale nuestro artículo "Persuasión en los videojuegos"
En este número de Teknokultura hay muchas cosas interesantes además de nuestro artículo.

Hoy comparto con vosotros un artículo que nos acaban de publicar a Héctor Puente, Marta Fernández y a mi en la revista Teknokultura. Aunque, como indica el título del mismo, está centrado en el modo en que funciona la persuasión en los videojuegos y servir para construir la identidad de sus jugadores, mucho de lo que es dicho aquí es aplicable (ajustándolo) a otros medios de comunicación y actividades: cine, novelas, equipos de fútbol, etc. Pues, como defendemos en el artículo, allá donde hay transmisión de valores hay intentos de persuasión y, si bien los videojuegos son un medio potentísimo para lograrlo por diversas razones que veremos en el artículo.

Resumen:

Los videojuegos son una de las industrias culturales más pujantes que existen en la actualidad, lo cual los convierte
en un altavoz privilegiado para toda suerte de discursos. Sus mensajes también han ganado en madurez y profundidad, y se han convertido en un entorno usado para la persuasión y la creación de identidades que permean con intensidad en el ámbito privado de millones de jugadores y jugadoras. En este trabajo estudiamos las mediaciones y los procesos de cocreación de identidades en los videojuegos, bajo las lógicas del capitalismo tardío, y cómo dicho rasgo está presente de manera ubicua en cualquier género videolúdico más allá de los denominados juegos persuasivos.

Link en Teknokultura

Link en Academia

Espero que os sea interesante y útil!

Y tú, ¿qué opinas sobre la persuasión en los videojuegos?

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