Mr. Robot es una historia acerca de hackers, seguridad y sobretodo corporaciones. Pero, sobretodo, es una historia que trata sobre esas cuestiones de un modo maduro y adulto, dando algunas reflexiones muy interesantes sobre los tres ámbitos, con pinceladas de temas adicionales como anarquismo, locura o terrorismo. Todo ello narrado con un buen estilo, quizás un poco lento, pero que da pie a algunos diálogos (especialmente cuando el protagonista habla a su “amigo invisible”) realmente inspirados. Todo ello envuelto en buenas interpretaciones, una historia intrigante y una ambientación peculiarmente inquietante pese a la aparente tranquilidad.
El hecho de que trate acerca de hackers hace que uno de los elementos más presentes en toda la serie es la discusión en torno a la privacidad cada vez menor en la que vivimos. Así, desde el principio, uno de los modos en que el protagonista interactúa con el mundo que le rodea para todo tipo de situaciones (pero especialmente la interacción humana) se basa en la violación sistemática de los sistemas informáticos de quienes le rodean, hasta poder acceder a sus secretos digitales. Una muestra de cómo la privacidad menor generalizada entra de lleno en contacto con la falta de seguridad a la hora de protegernos de posibles intrusiones virtuales de gente cualificada y con ganas de hacerlo.








A menudo, se argumenta que la economía lo puede todo, que con unos cuantos millones de dólares puedes comprar cualquier cosa, que los mercados financieros dominan el mundo y demás analogías para señalar la que parece una verdad innegable: vivimos en un mundo donde manda la economía. Ante ella, la política se queda en una esquina, apaleada ante unos flujos globales que dictan recortes, cambios y tratos de favor a empresas y millonarios. La ciudadanía, finalmente, queda desprotegida así ante una economía desbocada. Este retrato tan neoliberal, casi
El 2014 ha sido, sin lugar a dudas, un año movidito, con infinidad de cosas ocurriendo que nadie hubiera imaginado tal día como hoy hace un año. Ha dejado numerosos procesos abiertos cuyos eventos seguirán desarrollándose a lo largo del próximo año y, por eso, creo que vale la pena intentar echarle un vistazo a qué nos puede deparar el futuro. Por supuesto, mi bola de cristal está estropeada, así que todo vistazo al futuro puede errar por completo, pero aún así resulta un ejercicio interesante.
El viernes pasado se entrevistó en
Desde que Marx y otros elitistas escribiesen las distintas teorías sobre las clases sociales que existen en la sociedad, estas han ocupado un lugar central en las movilizaciones sociales, en los discursos políticos, en la esfera de acción de las organizaciones, etc. Ha sido, durante mucho tiempo, el motor de la historia que Marx preveía. Pero hace ya dos siglos que el alemán enunció su teoría, y el tiempo ha cambiado el mundo desde como él lo veía a como es ahora y, con ello, ha desdibujado muchas de las verdades que él había visto y analizado con claridad. No todas, por supuesto, pero ¿qué queda de las clases sociales en el mundo digital y globalizado del siglo XXI?
Desde el siglo XVIII-XIX, el modelo de lucha de los ciudadanos contra el poder ha cambiado radicalmente. Se abandonaron las revueltas campesinas contra el señor feudal local y en su lugar se sucedieron las revoluciones; y, tras estas, en regimenes democráticos, la herramienta principal de la lucha obrera (la primera de las grandes luchas, a las que luego se unirían otras como la feminista o contra la segregación racial) fue la manifestación. Y sus éxitos se sucedieron de tal manera que, a estas alturas, parece el modelo perfecto de lucha en todos los campos, y casi se ha vuelto no sólo el hegemónico sino el unico. Sin embargo, una conversación esta tarde con Marta Lizcano y Miguel Ángel Cea me ha dado ganas de escribir acerca de este tema porque… ¿sigue siendo un método de lucha válido en el siglo XXI?