A menudo, la globalización se entiende como un proceso que engloba el mundo en un único modelo. Todo pasa a funcionar del mismo modo, predominando una democracia representativa con economía capitalista de mercado libre que no tiene oponentes reales. En algunas esferas, esto puede ser cierto, pero no es el caso de la cultura.
Desde hace décadas se escuchan términos, como la McDonalización del mundo, para hacer referencia al proceso por el cual los ideales y la forma de vida norteamericana se extiende por el planeta. Los vaqueros, el cine de Hollywood, la música de la MTV, los best-seller… todos ellos, según este enfoque, estarían extendiendo a toda velocidad la forma americana de entender el mundo, destruyendo o debilitando identidades alternativas, otras formas de ver la sociedad, etc.
Esta visión tiene algo de verdad en su interior. Es cierto que todos esos actores (editoriales, páginas web, discográficas, cadenas de televisión, etc.) están activamente transmitiendo una serie de valores al mundo: la libertad, el capitalismo, el individualismo, etc. Estos son valores propios de la cultura americana, que extiende su influencia por el mundo encima de estos mensajes.


La mente humana funciona sobre una base de prejuicios y prenociones que articulan el mundo a su alrededor. Ideologías, comentarios, experiencias… todos ellos se entremezclan en cada una de nuestras mentes para construir un decálogo de cómo es el mundo que nos rodea y cómo debemos reaccionar a lo que ocurre, lo que está bien o mal y cómo son las personas que lo habitan. Estos prejuicios, sin embargo, no se basan en la realidad del mundo, sino de nuestra experiencia concreta del mismo.

El Bien Común, esa idea preciosa que supone que existen acciones que benefician a todos los habitantes de una sociedad o colectivo y que, por tanto, son deseables para todos ellos. Acciones que avanzan las agendas de las personas independientemente de sus ideologías, opiniones, posiciones sociales, género, cultura… porque son universalmente buenas. Es uno de los relatos más bonitos que existen en política, y sin embargo es una quimera inventada en el siglo XVIII para convencer y ganar apoyo. Sorprendentemente, en pleno siglo XXI, alguien la usó hoy para intentar convencerme de apoyar una iniciativa en la que no creo.
Vivimos en la
The Political Machine 2012 nos pone en la piel de uno de los candidatos a las elecciones a la presidencia norteamericana en 2012, pudiendo escoger entre los diversos candidatos reales o crear el nuestro propio. A nivel de jugabilidad, el juego es un poco pobre, pero desde la perspectiva sociológica tiene algún elemento interesante.
Tradicionalmente, el valor de una empresa era una suma relativamente clara de sus activos, el dinero que ganaba, la cantidad de inversión que tenía, los productos que sacaba a la venta al año, etc. Se podría decir que, en gran medida, era un valor relativamente objetivo que decía cuánto valía realmente esa empresa. Sin embargo, eso cambió completamente cuando, en 1988, Philip Morris compró la empresa Kraft por seis veces más de lo que valía. ¿Qué pasó ahí? ¿Se había vuelto loco?
La palabra “normal” es una palabra muy poderosa, integrada profundamente en el interior de nuestras mentes desde pequeños, cuando se nos enseña que es bueno ser normal (de hecho, “anormal” es un insulto frecuente). Sin embargo, la normalidad no ha sido siempre igual a lo largo de la historia, ni es algo objetivo y observable. Cambia, evoluciona y se modifica, ¿cómo lo hace?
Desde hace tiempo, el debate sobre la calidad de nuestras democracias está abierto, sopesándose elementos como la frecuencia de las elecciones, la limpieza de las mismas, la existencia de corrupción, la apertura de los partidos, la participación ciudadana, etc. Todas estas cuestiones son importantes a la hora de evaluar una democracia representativa como las que encontramos hoy en día y suelen dar como valoración final una calidad relativamente media o baja de nuestras democracias. Sin embargo, por importante que sea este debate, a la hora de la verdad palidece si tenemos en cuenta que la democracia representativa es, en el fondo, una trampa.
En este blog a menudo he hablado de los
Normalmente, cuando se habla de marca, pensamos en las grandes empresas y sus logos fácilmente identificables, o incluso podemos pensar en la
A menudo, se argumenta que la economía lo puede todo, que con unos cuantos millones de dólares puedes comprar cualquier cosa, que los mercados financieros dominan el mundo y demás analogías para señalar la que parece una verdad innegable: vivimos en un mundo donde manda la economía. Ante ella, la política se queda en una esquina, apaleada ante unos flujos globales que dictan recortes, cambios y tratos de favor a empresas y millonarios. La ciudadanía, finalmente, queda desprotegida así ante una economía desbocada. Este retrato tan neoliberal, casi